Ruta nazarí – 1 – Vilafanés y algunas cositas más.

¿La boda?

Bien gracias,  a trompicones.  el Jueves regresé de la escapada y directamente a probar platos y vinos. No me quejo  porque no tendría sentido,  si ella vive en Suiza pero se casa aquí, no hay otra solución que ir así  en pequeños sprints.

Pero hoy no hablamos de boda sino de viajes.   Como ya os dije este año el verano ha sido muy “casero” pero hemos hecho una pequeña pero muy intensa escapada.

Nota mental: nunca más un noche por hotel.

La primera parada en Villafanés o Vilafanés, eso según mires wikipedia o la web del ayuntamiento, cosas del bilinguismo.

Vilafamés destaca por dos cosas, su castillo y por una piedra; pero menuda piedra.

Eso es simplificar mucho, pero la verdad es que así a groso modo eso es lo que más se ve.

Así que una vez instalados y después de comer en uno de esos sitios que tanto me gustan, léase “el bar del pueblo” o en segunda versión “ahí, ahí que hay muchos camiones” . Esta vez comimos en un lugar llamado Tivoli , justo al pie del castillo (en la primera foto se intuye el rótulo) buena comida, señora simpática y precio perfecto.

A pesar de que el cielo amenazaba calentón (el termometro rondaba los 36 grados) y que no se veía ser humano por las calles salvo dos ingleses  a punto de ebullición mi marido decidió que ese era el momento de subir al castillo y para allà que nos fuimos, claro que dejando el coche lo más cerca posible. ¿Porqué los hombres tendrán esa manía de aparcar lo más cerca posible indpendientemente de que el coche quepa en la calle o haya una señal de “solo residentes”?. Bueno despues de dejar el coche  no tan cerca como él quería pero mucho más de lo que yo hubiera deseado nos fuimos hacía el castillo. Unas pocas escaleras; a pleno sol y ya estás, así que no hay excusa para no tomar esta fotografía.

Los alrededores del castillo lo forman callejuelas estrechas (a la sombra) muy cuidadas y repletas de flores. En el video las veréis. Era muy temprano así que pocas excusas podía poner a que mi marido dedicará un “ratito” a intentar localizar un poblado ibérico. Que como ocurre a menudo no encontramos, así que nos fuimos de excursión, esta vez sí hasta Onda,  ciudad que como suele suceder por esas tierras tiene el corazón partido entre su castillo y las fábricas de azulejos, que las hay a mogollón, por cierto con esto del paron del tocho por todas partes ves montañas de palets de azulejos,  sinceramente creo que ya no pueden acumular más stock o castellón se hunde y no lo digo metafóricamente, que los azulejos pesan lo suyo.

En Onda mi marido puso nuevamente a prueba la capacidad de encogimiento del coche que milagrosamente salió indemne, cosa que aun no entiendo, porque entre mi señor esposo y el GPS empeñado en llevarnos por los caminos más angostos y difíciles aun no entiendo como el coche no está en el planchista.

Un granizado de limón y un par de fotos en Lucena del Cid. A este curioso edificio

 

Y uns pocas más a las puertas de  la iglesia que veréis en el vídeo. Unas cuantas vueltas más siempre acompañadas por una agradable conversación:

No pasa, que no pasa.

Que sí que pasa.

¡El retrovisor!

¿Quién conduce tú o yo?

Y por fin llegó la hora del descanso, algo que tenía como escenario “El jardín vertical”. He de decir que llegamos allí de rebote porque en realidad íbamos a otro hotel, pero bendito sea el rebote. El Jardín vertical es cosa de mujeres, de tres mujeres que son el alma y el cuerpo de este pequeño establecimiento. Ellas son las que reciben al huesped con una sonrisa y un trato exquisito, pero también son las que hacen comida, y arreglan las habitaciones.

El establecimiento está decorado con mucho gusto y tiene una vistas magnificas sobre el llano que extiende a los pies de la población.

La habitación era pequeña pero confortable y acogedora.  La cena, ya lo dije anteriormente, excelente.

Y después de cenar tan bien y con un montón de kilómetros a las espaldas lo que apetece es dormir y como sea que a pesar de que durante el día hizo mucho calor por la noche refrescó y sin apenas humedad el ambiente era de lo más agradable, lo suficiente como para querer dormir con la ventana abierta: ¡Cachis la mar!

Justo debajo de mi ventana, de la mía y de todas, está la terraza del comedor. Bueno pues allí justo allí decidieron pasar la velada una pareja. No es que hablasen alto, no, que va, eran muy moderados; en la Castellana o en cualquier calle de Barcelona,Madrid o Sevilla, su murmullo no habría resultado un problema pero en el silencio de Vilafanés, de tanto en tanto roto por algún camión circulando en la lejanía, eran un problema, al menos para mi que hasta la 1 no pude dormir. En algún momento pensé en pedirles que hablasen más alto, al menos si no podía dormir, me enteraría de qué pasaba en su empresa, pero habría sido de mala educación. Así que esperé pacientemente a que terminasen la charla y se retirasen. Ese pequeño contratiempo me llevó a pensar que esa situación se debe vivir frecuentemente en este hotel, por otra parte encantador, quizá  sus encantadoras responsables debieran advertir a los usuarios de la terraza o poner una hora de cierre.  Por lo demás muy bien. Tranquila Trini que lo de esa pareja no impedirá que algún día vuelva a vuestro hotel, pero bueno es que lo tengáis en cuenta.

Este video reune algunas de las fotografías tomadas en ese día. La música la firma Mozart y las manos las pone Glenn Gould.

 

 

Más información sobre

Villafamés

Ayuntamiento de Vilafamés

Onda

Lucena del Cid

El Jardín Vertical

 

 

 

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