En camisa de once varas

De eso sé mucho, aun recuerda mi familia aquel año que por mi cuenta y riesgo decidí repasar la borada de la piscina, si no sabéis qué es eso, todo eso que os ahorráis. O cuando me dió por el huerto. Un desastre.
Por eso me reconforta saber que otros infinitamente más grandes que yo cometieron el mismo error.
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Ayer era la última represetación de Fidelio en el Liceu, una ópera que yo jamás visto  y de la que sabía bien poco. Conocía el aria de Leonora/Fidelio el cuarteto, la obertura y poca cosa más y es que poca cosa más tiene esta ópera salvo la etiqueta de “la ópera de Beethoven”.
Después del primer acto sentí el síndrome Luisa Miller.

Pero como fuera que  no quería tomar decisiones precipitadas. Cogí el teléfono y me puse en contacto con mi oráculo operístico (lease mi hermano Ferran, la persona que conozco que más sabe de ópera después de Roger Alier y aún así tengo mis dudas)

¿Puedes hablar? (mi hermano es taxista y aunque lleva manos libres “off course” no suele mantener charlas ni que sean operísticas cuando lleva pasaje)

Sí, dime
Fidelio
¿qué pasa con Fidelio?
¿En el segundo acto que hay?
Ja pots plegar (expresión muy catalana que traducida al castellano vendría a ser un “apaga y vámonos”.

Apagar no apagué eso se lo dejé a los técnicos de la casa, pero me fui con Marta, mi acompañante de anoche, a comernos unas tapas en un restaurante vasco que hay a pocos pasos del teatro. La de pimiento relleno de bacalao estaba particularmente deliciosa.

Esto es lo que suele cuando alguien se mete en camisa de once varas. Esto sí es Beethoven.

Y por supeusto, esto también

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