El continente y el contenido.

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Llevados por ese sexto sentido, que he ido desarrollando a lo largo de toda una vida levitando con Wagner y siguiendo los infinitos pianissimos de Montserrat Caballé, esta mañana al abrir el periódico mis dedos se han ido directamente a la página 19 donde he encontrado un artículo de la escritora Laura Freixas titulado, “Ópera en la cárcel”.

La impresión ha sido muy fuerte porque mi primer pensamiento ha sido: “Caray! por fin alguien habla del programa que Amics del Liceu y el propio Teatro llevan a cabo, desde hace años, con más ganas que medios todo hay que decirlo, para divulgar la ópera en diversos centros penitenciarios. Por poner solo un ejemplo, este año se retransmitió la Cenerentola al centro penitenciario Brians-2 con, según las referencias que me han llegado, muy buena acogida por parte del público, un público cautivo como bien dice no sin razón Laura Freixas, pero público al fin.

Pero, ¡Ah! Qué lástima. Mi gozo en un pozo. No era este el tema.

En realidad aun no tengo demasiado claro el tema del artículo, pero bueno esto ya pasa porque en ocasiones cómo muy bien dice la autora, “lo que atrae no es tanto la sustancia como el envoltorio”. Y eso es precisamente lo que me ha pasado al leer su artículo, cuyo primer párrafo transcribo a continuación.

La ópera revive. Como las procesiones de Semana Santa, las habaneras, los toros, los museos o la misa en latín, también la ópera parecía, hace diez o veinte años, un fenómeno rancio, condenado a la papelera de la historia. Hubo incluso un momento, en los primeros 70, en que algunos juerguistas se apostaban a la entrada del Liceu esperando, tomate podrido en ristre, que llegaran las y los abonados vestidos de punta en blanco… Pero en vez de periclitar, la ópera conquista nuevos públicos, como las fiestas populares o el fundamentalismo religioso, y quizá por un similar malentendido: lo que atrae no es tanto la sustancia como el envoltorio: el folklore, el colorido.

Lo confieso, la primera vez que lo he leído me he sentido algo incómoda, más que nada por aquello de poner en un mismo saco las habaneras y el fundamentalismo religioso. Pero rápidamente, en una segunda lectura, siempre es recomendable una segunda lectura, he cambiado de actitud y me he dejado llevar por la escritura fácil y directa, la buena ligazon de las frases y el ritmo narrativo, por no mencionar el dominio del vocabulario de Laura Freixas, no en balde escritora reconocida. Un dominio que me ha llevado a consultar el Diccionario del uso del español Vox – Larousse.

Periclitar – Verbo intransitivo – Perder una cosa fuerza o intensidad: solo desde la obcecación pueden mantenerse criterios periclitados y que la práctica ha demostrado equivocados y contraproducentes….

Hace ya mucho tiempo que cuando en la radio del coche empieza una tertulia, sea cual sea, cambio de emisora. No las soporto, no tanto por los gritos y exabruptos que los hay, como por los propios tertulianos. Ser un gran arquitecto, un político en excedencia, un escritor en horas bajas o un periodista, no implica que ninguno de ellos/ellas estén capacitados para hablar de la vida de un taxista en turno de noche en la Barcelona de hoy, o para dar consejos sobre la mejor forma de poner el boquerón en salazón; solo por poner algún ejemplo.

Para hablar de algo, sea lo que sea, hay que saber de qué se habla. Yo, ya lo he dicho muchas veces, no soy crítico musical, tampoco catedrático de historia de la música, qué más quisiera yo, ni tan siquiera se tocar un instrumento. Pero desde el año 1969, la ópera forma parte de mi vida. Mis rodillas han aguantado de pie en los accesos del quinto piso, cuando aún existían las entradas de general. He tenido la oportunidad de vivir momentos memorables de la historia del Liceu en localidades sin visión, las más baratas. Pero también he dejado acariciar mis oídos por Mozart cómodamente instalada en una butaca de platea.

Entre mis amigos liceístas cuento desde jubilados que viven en una residencia, a señoras rezumantes de bottox que descansan sus lindas posaderas, duramente trabajadas en el gimnasio, en los no siempre confortables sofás del Círculo del Liceo. Unos y otros son capaces de “aguantar” las cinco horas de un Parsifal y vibrar de emoción ante ese agudo increíble que es capaz de cruzar todos los silencios para dejar una huella indeleble en la memoria, o esa messavoce del tenor, que cómo una caricia de amante eriza el vello de la piel.

Lamentablemente no sé latín, no frecuento las procesiones, las habaneras me resultan agradables, cada museo es un mundo y el fundamentalismo, sea cual sea, lo aborrezco y por eso no hablo de nada de todo eso. Pero, desde hace mucho, la ópera es la banda sonora de mi vida y la conozco, la estudio y la amo. Hace 400 años que nació y sigue viva, porque la ópera no es continente que es contenido.