La escapada

Este año yo, cómo muchos, he hecho una pequeña escapada. No, no he ido a Nueva York, aunque al precio que está el euro casi que me hubiera salido más barato. Esta vez nos hemos ido a un sitio de esos que cuando alguien te pregunta ¿Y tú donde te vas?. Lo más normal es que digan cosas cómo ¿Y eso donde cae? o, ¿El qué? o, ¿eh?. Hace unos años corría por ahí una campaña publicitaria bajo el lema “Teruel también existe”. Y es que Teruel queda así como entre dos aguas, no es Huesca con sus Pirineos y tampoco Zaragoza, que reconozco apenas conozco, pero pasar si que he pasado, por fuera, camino de Madrid.

Pues Teruel ni eso. Para mi Teruel era el sitio donde a mi padre, cuando la guerra, lo hicieron prisionero y de las descripciones que él hacía solo me quedó una cosa clara. “fotia un fred de collons” Supongo que no hace falta traducirlo. Con el tiempo he ido mejorando mi opinión sobre esa provincia pero había una zona que solo conocía de oídas y por un libro de Josep Ma. Espinás “A peu pel Matarranya” (A pie por el Matarraña). El Matarranya o Matarraña según se le mire desde el norte o desde el sur. Es una comarca situada al surtde las montañas de “els Ports de Besseit” o de Beceite, según se mire.

Lo de utilizar la ortografía catalana o castellana indistintamente tiene su sentido porque allí la gente habla una mezcla de catalán y castellano con un toque valenciano que así de entrada resulta chocante. Lo que más llama la atención es que es una comarca verde, sí verde repleta de frutales, olivos y granjas de cerdos, muchísimas granjas de cerdos. No sé cual es la población de esta comarca pero los cerdos ganan por goleada, aunque su vida es triste como la de todos los cerdos que nacen en granja, engordan en granja y solo salen de allí para convertirse en jamón. Jamón de Teruel. !Ojo¡ no comparar con el jabugo, porque en este caso y en todos las comparaciones son odiosas. Son cerdos distintos, pero sin duda el de Teruel hace un buen papel.

Pues paisaje y jamones a parte si algún buen recuerdo me llevo de esta excursión, a parte de un montón de fotografias y un empacho es el hotel. En parte culpable del estado de mi pobre estomago, no por malo, qué va. Por exceso, es que a servidora la comida, la buena comida le puede y he comido bien, muy bien; en todas partes, pero sobretodo en el hotel y cuando uno está a gusto en un sitio, justo es decirlo y elogiar el buen trabajo de esta familia que un buen dia reconvirtieron en hotel, la iglesia/establo, donde sus abuelos criaban (supongo que gallinas, conejos y algun que otro cerdo) y donde tenían su casa.

Un hotel encantador, digno de figurar en las mejores guias, por el entorno, la comodidad, el servicio y por su cocina. Las cabezas visibles son Mariano e Ignacia. Mariano, como dice la información del hotel (por cierto me lleve la carpetilla, cómo sino podría escribir esto ahora), se ocupa del jardín y de las muchas chimeneas que caldean la casa. Ignacia siempre anda por la recepción, se ocupa un poco de la cafeteria y sirve los desayunos. Diana y Ana, dos de sus hijas, atienden el restaurante y responden con amabilidad y simpatía a todas las preguntas, que les hice, que fueron muchas. Y Sara, de Sara (a la que no pude llegar a conocer personalmente) se puede decir aquello de “por sus obras la conocereis”. Y es que Sara es una gran cocinera, sus platos estan en el punto justo entre la sofisticación y la sencillez, la proporción loza/comida es perfecta, en el caso del cabrito a favor del pobre animal, buenisimo por cierto. No detallaré los platos que comí porque en vigilias de la temporada de verano sería pecaminoso. En fin que vale la pena descolgarse por el Matarranya/Matarraña y por El convent.


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