La mujer invisible

septiembre 15, 2010 en Tema del día


    Hace días que vengo observando un curioso fenómeno.
    Los días que voy al gimnasio he de librar una pequeña guerra personal por la posesión del periódico con un señor de unos cincuenta años, muy cachas él. Hago auténticos sprints en la ducha para llegar antes que él a la cafetería porque para mi un desayuno sin periódico es como un donut sin azúcar. El viernes pasado se me adelantó y cual no fue mi sorpresa cuando nada más verme, el hombre cierra el periódico y me lo ofrece.
    El lunes tuve visita en el Liceo, un grupo bastante numeroso y variopinto, había gente de Bilbao, de Madrid, unos italianos y señor kuwaiti, sobre los cuarenta años más o menos de buen ver, la verdad. Bueno, pues al acabar la visita el señor muy amable me dio su tarjeta personal y me hizo prometer que si algún día iba a Kuwait, cosa que no contemplo en mis previsiones a corto ni a medio plazo, le llamaría
    Será un placer enseñarle las maravillas de mi país, dijo así tal cual.
    Hoy, que volvía a tener visita, ha sido el remate.
    Estaba desayunando en un bar, justo enfrente del teatro cuando un señor se sienta a mi lado y al poco yo ya sabía que era de Atenas, que no había venido a lo del partido, que vive en Barcelona desde hace un año, que su padre es cirujano, que fue voluntario en las olimpiadas y que hoy hacía calor cosa que yo ya había notado. El señor se ha ido, supongo que a su trabajo y cuando me disponía a pagar resulta que el griego se me había adelantado.
    Esta concatenación de sucesos “extraordinarios” es algo que, la verdad, hacía tiempo que no me pasaba. Y creo que todo se debe a mi nuevo look.
    Después de unos meses de crisis capilar.
    Pero bueno te vas a teñir o no
    Es que quiero saber realmente como tengo las canas.
    Blancas, cómo las quieres tener.
    Grrrrr.
    Hace uno diez  días llegué al punto de no retorno
    Haz algo, le dije a la peluquera con quien tengo una relación tan larga como tormentosa e irregular en el tiempo.
    Después de más de tres horas metida allí dentro, tiempo que ella invirtió en intentar borrar el tinte acumulado y yo en ponerme al día con todas las revistas del mundo mundial. A eso de las ocho de noche entré en casa. He de decir que durante este tiempo pedí que me llevaran, por este orden: el portátil, unas magdalenas, cocacola, y..
    bajame también la camisa de papá  esa que hay en mi mesa y no te olvides de coger aguja e hilo blanco
    Después de tan largo tiempo la familia me esperaba espectante, no sé si por verme o porque ya era hora de cenar, la cuestión es que el recibimiento fue de los que dejan huella.
    Eso no es lo que me dijiste que te harías, mi marido
    Alguien puede traerme las gafas, mi hijo el informático
    Cuando vuelvas a ser mi madre me avisas, ese era Xavier.
    Con semejante recibimiento me pasé buena parte de la noche delante del espejo, varias veces pensé en raparme, teñirme de negro o comprarme un casco.
    A la mañana siguiente decidí llevar a cabo un sondeo de opinión y por este orden me dejé caer por: el Garden, la farmacia, el despacho de Teresa, el supermercado, la panadería, la mercería, la gasolinera y la casa de materiales de construcción. La opinión fue unánime lo que no quiere decir que fuera sincera, pero a mi me sirvió para que aquel día cuando la familia regresó ya no me importará demasiado si me parecía o no a la profesora de derecho administrativo de mi hijo.
    Al parecer esa reconversión de las canas en algo parecido a un rubio casi ceniciento y una ligera “homogeneización” con el resto ha producido un extraño efecto cuyas consecuencias son que de repente he dejado de ser invisible.
    Aunque lo que ahora llevo en la cabeza dista mucho hacerme merecedora del calificativo de “rubia”, sí que hay algunos sectores en que los cabellos han dejado de ser blancos y ahora son rubios, casi blancos pero rubios. Pues será eso.

    Será que cómo decía aquella película “los caballeros las prefieren rubias” sean naturales o  de pote, enteras o a trozos incluso si lo que hay debajo del rubio rutilante son canas.
    Lo que ha quedado es que a partir de ahora tendré más oportunidades de leer el Hola.