De la Administración se puede hablar en tanto que organismo, pero, sobre todo, de las personas que la integran ; siempre bajo la forma de rumor.
Los rumores en la Administración constituyen, en sí mismos, una liturgia muy complicada. Nadie sabe dónde, cómo y cuándo nacen, y menos aún cómo acabarán. Los rumores son a menudo como aludes que nacen en algún rincón perdido del Archivo general en forma de breve comentario, más o menos bien intencionado, pero que fácilmente puede llegar a atravesar las fronteras de la propia Administración, llegando a lugares tan lejanos como la pescadería o el periódico y, por descontado, la familia.
Un buen rumor es el compañero inseparable de las largas horas de aburrimiento, que sólo él sabe llenar.
Hay rumores que llevan añadidas ilusiones irrealizables y sueños imposibles. Tal sería el caso de la reducción de jornada o la ayuda económica para la comida. En cambio, hay otros que son crueles, generan agobio y hay que ahogarlos cuanto antes ; pero estos precisamente tienen mala sangre y no se apagan así como así.
Estos rumores, no obstante, son impersonales, ya que sólo afectan al ámbito profesional. Los auténticos, aquellos a los que nadie da crédito pero todos dan por ciertos, son aquellos que hacen referencia a una persona en concreto.
La víctima nunca llegará a saber quién fue el que lanzó la primera piedra, y por este motivo todos los que toman parte en su difusión se sienten totalmente protegidos, disfrutando así de plena libertad para dedicarse al sano ejercicio de la crítica más bárbara y feroz. Nadie les impedirá dar alas a su imaginación y soltar su caudal inagotable de palabras, a cuál más hiriente, sobre el buen nombre de su mejor compañero, porque, entre otros motivos, nadie tendrá nunca la conciencia lo bastante limpia como para poder juzgarles.
Es cierto que en todas partes se cotillea, pero en la Administración este deporte llega a límites difícilmente cuantificables. En labios de un funcionario, otro funcionario puede ser desollado en vida ; y mientras ve sus trapitos colgados al sol, a su lado tendrá la luminosa sonrisa de su verdugo que, además, es su mejor amigo y por eso siempre estará dispuesto a echarle una mano. Aunque sólo sea porque, cuanto más cerca esté de la víctima, más noticias obtendrá, y más frescas.
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