
Sea por el ambiente de tensión o por la variada idiosincrasia de sus protagonistas, la comparación más aproximada que puede establecerse con una oposición es el examen para el permiso de conducir y, tal y como pasa con éste, la vía más normal para llegar es la de las academias.
Para saber cuándo hay convocatorias en marcha, no hace falta que se mate revolviendo las páginas del BOE; sólo tiene que echar un vistazo a la sección de demandas de cualquier periódico y, haya o no convocatorias en curso, siempre encontrará, no uno, sino muchos anuncios tras los que, de forma más o menos soterrada, se esconde un montón de academias especializadas en este sector en plena expansión.
Estas academias, previo generoso pago, tendrán el placer de facilitarle todo tipo de libros, temarios, exámenes y tests, además de informarle ampliamente de todas las convocatorias habidas o por haber. Seguramente acabarán convenciéndole de que, «ya que se pone», se presente no a una, sino a diversas plazas a la vez, para lo que necesitará más tiempo, más libros y, por descontado, más dinero.
Son muchos los que viven en torno a este pequeño universo del opositor. Desde las ya mencionadas academias, pasando por las imprentas y las editoriales, hasta los funcionarios que a ratos dan clases para sacarse un sobresueldo. Sin olvidar las tiendas de alquiler de máquinas, las farmacias que le facilitarán calmantes y complejos vitamínicos ricos en fósforo, las pitonisas y, evidentemente, la propia Administración, que por examinarle también cobra. Todos ellos encuentran en las oposiciones una fuente segura de ingresos.
El abanico de posibilidades que se le ofrece como cocinero, limpiadora, planchadora, fogonero, camarera, celador, lampista, electricista, auxiliar administrativo, enfermero, auxiliar de clínica, médico, biólogo, cartógrafo, farmacéutico, maestro, economista, meteorólogo, arquitecto, aparejador, bibliotecario, lingüista, traductor y muchos otros, hace imposible un estudio detallado de las diferentes pruebas a que han de someterse los candidatos, pero tenga claro que al cocinero no le harán cocer un arroz ni al enfermero poner una inyección, entre otros motivos, porque a ver quién es el valiente que pone el culo para la prueba.
En cualquier caso, todas tienen el mismo denominador común: la desproporción entre el número de plazas ofertadas y el de candidatos, a razón de 100 por 2.000, aproximadamente, y esto en el mejor de los casos.
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