La culpa fue del horno

El pasado año, más o menos por estas fechas, el horno se estropeó. Hacía tiempo que él y yo teníamos problemas,  la puerta no encajaba bien y al margen del incremento de consumo eléctrico que ello suponía y la consecuente  incidencia en el deterioro de la capa de ozono, lo que realmente me preocupaba es que los vapores fugitivos estaban destrozando el mueble que lo alojaba. Por otra parte la distribución de mi cocina adolecía de un pequeño problema de circulación. Hicieras lo que hicieras ya fuera bocadillo o roastbeef, siempre acababas trabajando sobre un único fragmento de encimera, casualmente el mismo en el que mi marido se preparaba un aperitivo, mi hijo el informático había dejado los aquarius vacíos y el otro preparaba la merienda de sus “bichitos”, con el agravante de que si mi hija quería poner algo en el lavaplatos, todos debíamos dejar lo que estábamos haciendo porque al  abrirlo se anulaba cualquier posibilidad de acercamiento a  dicha encimera. Por eso el mismo, día que la lucecita del horno no se encendió hecho éste que coincidió en el tiempo con la caida de todo el sistema eléctrico de la casa. Me puse manos a la obra, o lo que es lo mismo cogí papel, lápiz, metro y el catálogo Cocinas de Ikea.

Cuando nos cambiamos de casa, por causas que no vienen al caso, me vi en la necesidad de montarme en 15 días y eso sólo se puede con IKEA. Si lo había hecho una vez podía hacerlo una segunda.

Despues de romper unos cuantos cientos de papeles y vérmelas con el software cocinas de Ikea, llegué a la conclusión que , ya puestos, lo ideal era cambiar el lavaplatos de sitio, que ahora iría donde estaba el horno. Pero en algún sitio tenía que poner el horno, así que lo siguiente fue hablar con un albañil para que cambiase de sitio unas escaleritas que hay en mi cocina éste y el lampista de cabecera fueron los únicos industriales que participaron en el espectàculo, el primero porque el mortero te deja las manos hechas un asco y el segundo porque la electricidad y yo nunca nos hemos llevado bien.

Después de calibrar las posibilidades de aprovechamiento de los muebles ya existentes,  (solo tiré tres) sustituir todos las baldas por cajones extraíbles, comprar puertas y tiradores nuevos, a base de taladro y lijadora Bosch, exactamente 15 días después, mi espalda quedó hecha una mierda pero la cocina estaba terminada.

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Y es que todo es proponerselo.

Conste que esa fue mi segunda cocina y última. La próxima que me la haga otro.

Este post se lo dedico, con todo mi cariño  a Roser la única persona que conozco capaz de “llorar” la muerte de un fibroblasto, claro que en su caso fueron 6 millones, y  también a su marido, ese que monta las puertas del revés.

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