A toda vela - 9

Topic: Lectura|

    Todas las embarcaciones disponen de un elemento más o menos sofisticado, más o menos grande y más o menos pesado llamado ancla.
    Anclas las hay de muchas clases: la del tipo almirantazgo que vendría a ser la que todo el mundo tiene en la cabeza cuando piensa en un ancla, la Danforth, la hall, la northill, la bruce y la piedra con cuerda entre otras. Este último igualmente útil pese no estar homologada.
    Sea cual sea el ancla, los metros de cuerda o cadena a los que está atada o de si pretende fondear sobre arena, algas o piedra, al final lo único que cuenta es quien, cuando, como y donde tira el ancla y especialmente quién dice cuando, cómo y donde hay que tirarla.
    Teniendo en cuenta mi situación, mal dormido, peor alimentado, con costillas, espalda, pies, cabeza y barriga hechos un cisco, aún puedo decir, con un cierto orgullo, que  me las apañé bastante bien en la tarea de recoger las velas. Por que para fondear lo primero que hay que hacer, salvo que se sea un inconsciente o un maestro en la materia, es poner en marcha el motor y arriar velas.
    - Tú tranquilo que no has de hacer nada…. Bueno, casi nada. – dijo él. Mi breve pero intensa experiencia como navegante me había demostrado con creces,  que podía dejar de estar tranquilo, si es que en algún momento había llegado a estarlo, y que podía tener la absoluta certeza de que si alguien no haría nada, ese alguien no sería yo.
    - Tú te vas a proa, abres el pozo del ancla y sacas a la Montserrat.
    La tal Monserrat era, por supuesto, el ancla. Según me dijo por la admiración que siente por Montserrat Caballe, una admiración que a mi modo de ver, José Carlos ponía de manifiesto de formas muy extrañas. El ancla, es decir, Montserrat, la estrenábamos aquel día porque la que tenía antes, la María, de vez en cuando se la jugaba y, en palabras suyas, … no hay cosa que joda más que estar fondeado pendiente de la María…
    - Tú la dejas que cuelgue un poco. Pero, ¡ojo! no te pases que no quiero que le de al casco. Y cuando yo te lo diga aprietas el botón que hay en el suelo a la derecha del pozo. ¿Vale? Lo mantienes apretado hasta que yo te diga basta. ¿Entendido? Pues muy bien, pues vete palante y prepárate.
    Los problemas de comunicación en el mar no se limitan al vocabulario, sino que se ponen especialmente de manifiesto en determinadas situaciones como por ejemplo cuando dos sujetos A y B quieren establecer comunicación y el sujeto A, es decir yo,  se encuentra en la proa mirando hacia abajo con el viento de cara, mientras que el sujeto B, en este caso José Carlos, está en la popa y entre ambos hay catorce metros de velero, el motor en marcha y la tele de Mercedes.
    - ¡Miguel! – gritó él, según me dijo Anna, cuando me lo explicaba.
    - ¡Miguel! – volvió a gritar, siempre según Ana.
    - ¡Miguel! – Me pareció adivinar que decía él – Iremos delante de aquel velero francés. Dime si hay arena.
    - ¿Qué?
    Los que si nos oían y muy bien, era los ocupantes de los aproximadamente cincuenta veleros, veintisiete motoras, treinta mallorquinas, los centeneres de bañistas y los ocupantes del hotel que a esas horas no tenían nada mejor que hacer que seguir nuestras maniobras.
    - ¡Miquel! Tírala delante de aquel tío de la vela roja, entre la motora azul y el pote ese de ahí.
    - ¿Entre aquel y aquel? – quise confirmar yo.
    - No, hostia. Entre aquel y aquel otro
    - ¿Cual otro?
    - La madre que…
    Y tuvimos que dar otra vuelta porque con la discusión habíamos dejado atrás al de la vela roja, la motora azul y el pote aquel. Después de discutir la maniobra, a una cierta distancia, conseguimos ponernos de acuerdo y saber cual era “aquel” al que se refería él que por supuesto no era “aquel” que creía yo.
    - ¡¿Preparado?! – gritó cuando estábamos a la altura de la motora azul.
    - ¡Si! – respondi.
    - Pues venga dale.
    Siguiendo sus instrucciones apreté el botón de la derecha  y la cadena empezó a correr arrastrada por el más que considerable peso del ancla.
    - ¡Ya vale!
    Y yo, muy obediente, levanté el pie del botón. Lamentablemente demasiado a menudo, las personas no siempre tenemos en cuenta todas las posibles consecuencias de nuestros actos, especialmente los más sencillo, como por ejemplo el hecho de cambiar un ancla pequeña por una mucho mayor y treinta metros de cadena del 6 por ochenta del 12 y el pobre motor, alias molinete, pagó las consecuencias, incapaz de poner fin a la carrera desbocada que habían emprendido Montserrat y cadena.
    Presa del más absoluto histerismo, José Carlos dejó el timón y vino hasta donde yo me encontraba.
    - ¡¿Pero qué haces?! ¡Para! eso.
    - ¿Cómo?
    José Carlos dio un puntapié al botón de la derecha, pero nada, aquello que no paraba. Hizo lo mismo con el de la izquierda y el motor aulló como el Ibiza de mi suegra cuando en vez de la tercera le mete la marcha atrás.
    El que tampoco paraba era el Escándalo, al que José Carlos, por aquello de la tensión del momento, en una reacción impulsiva y poco meditada, había dejado sin gobierno pero con el motor en marcha.
    Los ocupantes del barco de la vela roja salieron a proa con los bicheros, intentando evitar el encontronazo, pero la cosa no tenía solución, el Pompom bleu fue brutalmente abordado por el Escándalo. En el fondo de la cala descansaban Montserrat y los 80 metros de cadena que en un descuido, esta vez si que imperdonable, Miranda había olvidado trincar al barco.
    Afortunadamente los ocupantes del Pompom bleu eran gente de buena pasta y nos dejaron amarrar a su costado, abarloarnos que diría José Carlos, y mientras él se ocupaba de arreglar el tema del seguro yo me sumergí en el mar provisto de una cuerda con el objetivo de atar la cadena y recuperar a Montserrat.
    La lumbalgia crónica de José Carlos, de la que hasta ese momento no tenía noticia, le impidió subir más de 8 metros de cadena, los 72 restantes y la propia Montserrat los subimos a peso Ana, que es una santa, y un servidor.
    Con el molinete fuera de servicio y a la hora que era, José Carlos decidió que lo mejor que podíamos hacer era dirigirnos hacia el Puerto de Pollença, buscar amarre, y cenar como Dios manda.
    - Ya verás, en el puerto hay un restaurante que hacen una caldereta que ríete tu de las de Menorca.
    Y ante tamaña perspectiva en mi horizonte gastronomico, pusimos rumbo al puerto, esta vez a motor.

    continuará….


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