A toda vela - 8
Topic: Lectura|
Ante mi, flanqueadas por la península de Formentor a mi derecha y la Punta del Pinar, a mi izquierda, podía contemplar las tierras bajas donde Pollensa y Alcúdia parecían dormitar bajo la calima que envolvía la bahía, escenario de múltiples invasiones. Árabes, romanos, piratas y ahora turistas habían cruzado aquella línea invisible que señalaba la entrada a la bahía de Pollensa. Al fondo se divisaban las montañas de la sierra de Tramontana. Todo aquel conjunto puesto allí por la naturaleza y la historia a modo de marco incomparable para la bella imagen que conformaban los innumerables veleros que, en aquel momento, cruzaban las tranquilas aguas de la bahía.Nos encontrábamos en línea recta, a unos mil o tal vez quinientos metros de la cala de Formentor, nuestro teórico punto de destino. Una cala amplia pero recogida, donde los pinos parecen confundir el azul del cielo con el del mar y se inclinan hasta casi tocar el agua. Una cala donde la presencia de un hotel con tanta historia como la propia isla y unas pocas casas no consiguen aun estropear el paisaje y donde los dos restaurantes que inútilmente se ocultan tras los árboles, desde mi muy particular punto de vista y teniendo en cuenta el estado físico en que me encontraba en aquel momento, constituían sino el principal si uno de los principales alicientes de aquella magnifica panorámica. En resumen, una cala que ni hecha a medida para echar el ancla y sumergirse en el mar, después, claro está, de acondicionar convenientemente mi ahora vacío estómago.
Mientras yo me dejaba llevar por aquel mundo onírico hecho de menús turísticos y platos combinados. José Carlos quien, al parecer, tenía otras cosas en la cabeza, paró el motor.
- Venga. ¡A navegar!
- Pero ¿qué estábamos haciendo hasta ahora?
- El dominguero. Venga, vete para proa que vamos a izar la Genova.
He de decir que hoy en día raro es el velero que no lleva un enrollador en la Génova un sistema por el que la vela queda enrollada permanentemente, con lo que la tarea se reduce a enrollar y desenrollar. Los hay que incluso disponen de un motor para aliviar también esta tarea y los hay que ya ni eso y que tienen delegadas todas estas funciones en marineros, hijos o amigos, cual era mi caso.
Cuando quise darme cuenta tenia ante mí un gigantesco fardo de tela almidonada y con él en brazos me fui a proa, procurando no molestar a Mercedes que desde hacía dos horas estaba echada sobre cubierta dedicada a su tarea preferida, nada; y ya puestos, a ser posible, no romperme nada más.
Hasta aquel día, de Génova yo solo conocía la ciudad situada al noroeste de Italia y solo de oídas. Y es que una de las cosas que más marea de la navegación, a parte del mar propiamente dicho, es el vocabulario. Vocabulario que tiene su origen en la manía, casi obsesión de la gente de mar, manía que comparten con médicos y abogados, de utilizar un lenguaje lo más enrevesado y equívoco posible con el único fin de desorientar al oyente de tal forma que al final acabas pagando la minuta sin saber qué estás pagando, o dándote un tortazo con el molinete del ancla que con tanta tela de por medio no has visto pero si has probado.
- Cagon..
- Eso duele – dijo él por lo bajo.
Muy distinto habría sido todo si hubiera podido llegar al capítulo 6 de mi libro. Porque en tal caso no me habría sorprendido el que aquel foque de grandes dimensiones tuviera nombre de ciudad, y sabría que un foque es una vela triangular utilizada para ceñir. Término éste que no guarda relación alguna con el talle de un vestido sino con aproximar la proa a la dirección de donde viene el viento. Pero al igual que médicos y abogados a los marineros no les basta con el vocabulario sino que además todo lo dicen cuando más raro y complicado mejor.
- Coge el mosquetón de la driza que esta trincado en el pasamanos, al lado del candelero y engánchalo al puño de la driza…
Yo, inocente de mi, pensaba que sabía lo que era un mosquetón, pues no, porque resulta que en el mar el mosquetón es una pieza metálica o de plástico provista de un muelle que fijado a la relinga sirve para envergar las velas al estay y así facilitar el desplazamiento.
Llegados a este punto no hay mas solución que coger el diccionario y empezar por donde empieza todo, por el principio. Y es entonces cuando descubres que una relinga es un cabo relinga es un cabo, es decir, una cuerda delgada cosida al pujamen y gratil de una vela para reforzarla. Entonces, en la misma línea de desorientación, te salen con los puños que en realidad son los ángulos de la vela triangular y dices, …hasta aquí llego… pues tampoco porque cada puño/ángulo tiene su nombre y ojo no te equivoques porque una cosa es el puño de driza y otro el de amura, que no hay que confundir con el de escota.
- Pero ¿qué has hecho? no ves que la estás subiendo del revés.
Después te encuentras con palabrejas que así de entrada y en ausencia de conocimientos marineros suenan mal, como envergar que no es otra cosa que sujetar la vela al palo o Estay correspondiente. Y así mientras tú cazas escotas, trincas cabos, amollas drizas, ajustas la trinqueta, equilibras el canal, vas de ceñida, tomas rizos, cazas la contra o izas la bandera. Aquel que te ha dicho, sabiendo lo que dice, que hagas todo eso que no sabes ni qué es ni como hay que hacerlo, mientras tu sufres golpes, torceduras, mientras estás a punto de asfixiarte entre tanta tela, mientras tu pie se enreda con la escota, mientras todo eso pasa él sigue en popa, la manos cómodamente apoyadas en la rueda del timón, las gafas en la frente por aquello de no dejar marca, un cigarrillo en los dedos y una radiante sonrisa en los labios.
- Ana, porque no te subes algo de aperitivo… ¡Miguel! ahora ve enganchando los mosquetones al stay y después…¡ojo con la cornamusa! … Joder vaya leche se ha dado, y mira que se lo he avisado …
Dejándome los riñones y buena parte del hígado en el esfuerzo por fin conseguí izar las dos velas. Tras un inacabable estira y afloja, que para José Carlos era del todo imprescindible, por no sé qué historia del canal del viento y la pérdida de aerodinámica, finalmente el Escándalo lucía esplendoroso con las velas henchidas por el viento.
Mientras, a nuestra popa, la cala recogida, los pinos majestuosos, las aguas cristalinas, los restaurantes y los platos combinados se iban haciendo cada vez más y más pequeños.
- Venga muchacho, que este vientecillo hay que aprovecharlo. Haremos un par de bordos y después al agua y a comer. Ana guapita, porque no bajas a la cocina y te subes alguna cosita de picar.
Los cuatro bordos, que no son otra cosa que los tramos navegados con un mismo rumbo, lo que no quiere decir que ese tramo deba ser necesariamente una línea recta; como las cuatro cositas de la tienda, acabaron siendo muchos mas.
Después de media hora de un continua tira y afloja, “Miquel amolla, Miquel caza, llegamos al lado opuesto de la bahía, frente a una cala mucho más pequeña que la de Formentor, sin hotel ni casas, ni restaurantes, pero igualmente acogedora, donde unos cuantos barcos flotaban tranquilos, mientras sus ocupantes disfrutaban del sol y las aguas cristalinas, un sitio perfecto para descansar.
- ¡Miguel! Prepárate que viramos.
Tras media hora más de sufrimiento, justo cuando por fin las velas parecían estar en el punto justo que José Carlos decía y teníamos Formentor a tiro de piedra.
- ¡Miguel! Agarra la escota – o lo que es lo mismo un nuevo viraje. La segunda vez que llegamos a la pequeña cala, en el agua solo quedaban unos cuantos chiquillos porque los demás estaban comiendo. Mientras yo iba como una peonza de un costado a otro del barco. En el primer trayecto se abrió la puerta del armario que hay justo sobre la nevera y vasos y platos fueron al suelo.
- Cagon el Miranda. Y mira que le dije que me arreglase el armario.
En el segundo, fue el turno de los libros y revista de la banda de estribor. Después fueron las ollas y la cafetera.
- ¡Jose Carlos! Así no hay quien vea la tele – dijo Mercedes que desde hacía un buen rato se había instalado en la cabina delante del televisor.
El suave airecillo que movia el barco poco a poco había ido aumentando y lo que al principio era suave brisa ahora rozaba, lo que desde mi punto de vista, era un vendaval. Lo que quería decir más maniobras, más retoques y más cosas por el suelo. Entonces caí en la cuenta de que desde que había bajado a dormir que no iba a la servicio y de eso hacía muchas horas, demasiadas. Tantas que no podía aguantar más y aprovechando un de mis viajes a la cabina, decidí que ese era el momento ideal para aliviar mi maltrecha vejiga.
Con el viento, el barco corría más lo que casi siempre va unido a una mayor inclinación, escora que diría José Carlos. Cuando abrí la puerta del baño la fuerza de la gravedad pudo más que yo y me vi proyectado contra el lavamanos.
- ¡Miguel!. ¡Qué coño haces!
Mis noventa y cinco kilos proyectados de forma desordenada hacia el costado de sotavento, a los que había que añadir los cincuenta y seis de Anna que bajó corriendo a ayudarme, porque yo solo era incapaz de salir de semejante agujero, estuvieron a punto de provocar un desastre. Si quería mear tendría que esperar a que el baño quedase a la banda de barlovento, es decir del lado de donde viene el viento, pero entonces el water quedaba por encima del nivel del agua y no se podía utilizar.
Desesperado como estaba, pensé que había llegado la hora de pasar del pudor y sacar las vergüenzas al fresco pero también así lo tenía mal. Por el costado de sotavento imposible. José Carlos me lo tenía prohibido y por el de Barlovento, era inviable. Dos horas y doce bordos más tarde finalmente José Carlos hizo girar la rueda del timón y puso rumbo a la cala de Formentor, donde por fin podría bañarme, mear y sobretodo comer. Pero yo aún no sabía que estaba a punto de recibir la primera lección de una de las asignaturas más difíciles de la navegación.
Cómo hacer que un barco este quieto, o al menos intentarlo.
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Tags: Libros

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