A toda vela - 7
Topic: Lectura|
Aquel pescado era mío y solo mío. Yo lo había pescado, yo lo había sudado, jo lo había sufrido y yo seria quien lo sacara del agua. Dejándome arrastrar por el impulso del macho dominante, desaté la cuerda que me oprimía, me saque el anorak y me situé en la popa, piernas abiertas, ceño fruncido, bíceps apretaos. Asi me pilló José Carlos cuando apareció con su traje de baño lleno de anuncios de Armani.
La emoción de ver tan cerca el momento de sacar del mar mi primer pescado no me dejaba sentir ni el cansancio ni el dolor de espalda. José Carlos estaba de pie a mi lado y yo podia sentir como en su interior crecía la envidia de no ser él el primero en pescar, de no ser él quien hacia correr el carrete como un rayo. Aquella sensación de estar a punto de alcanzar esa pequeña porción de gloria que la vida reserva a todos los humanos, me hacía recoger aun con más brío, tanto que ni por un momento se me pasó por la cabeza que aquel pez ya no hacia tanta fuerza como antes.
De aquel mar de plata que se extendía ante mis ojos iluminado por el anaranjado sol del alba, que parecía alzarse en el horizonte con el único objetivo de asistir a mi triunfo, yo con mi esfuerzo, saqué del mar una gigantesca, sucia y aceitosa bolsa de basura.
- Cagonla. Los hay guarros, se te engancha eso en la hélice y la has jodido. — dijo mientras devolvía mi presa, al azul mar mediterráneo, esta vez acompañada por una colilla.
José Carlos se levantó muy animado y mientras yo me debatía entre el orgullo herido y las costillas flageladas, él me descubrió alguno de los secretos que se ocultaban en aquellos famosos paquetes de la tienda, en forma de bocadillo de Jamon, de jamón del bueno. Muy bueno.
- Toma te lo has ganado - dijo mientras me pasaba una cerveza.
- ¡Puag! ¡Cagon las pelotas de Senaquerib!
La bañera y mis piernas quedaron empapadas de costosa cerveza danesa.
- ¡la madre que lo parió!. Este me va a oir.
Pasando el por alto el pequeño detalle de que estábamos a domingo y que aun faltaban mucho para las ocho José Carlos agarró el teléfono para dejar un claro y nada conciso mensaje en el contestador de Miranda.
- Cagon tus pelotas y las del rey Bamba. ¡Miranda! Sabes quien soy, verdad. Si. José Carlos Casamitjana, el mismo que cuando vuelva te va a meter la factura por allí donde tu sabes. En estos momentos me estoy cagando en tu nevera nueva. ¿Tienes idea de lo que jode hacer la travesía y no poder tomarse una cerveza?. No verdad, porque en tu puta vida has hecho una travesía ni tienes ni idea de lo que es el mar, ni los barcos ni las neveras….
Y así hasta que se acabó el tiempo de grabación y mucho más porque José Carlos cuando se embalaba no hay quien lo parase.
Después de escuchar una docena de exabruptos más por fin, con el estómago ligeramente reconfortado, me fui a dormir.
Allí, en el puerto, de eso parecía que hiciera una eternidad, me daba un cierto reparo entrar en el barco, me daba miedo marearme, pero ahora, después de toda la noche arriba y abajo haciendo cabriolas y con el infinito cansancio que llevaba encima, lo único que me preocupaba era dormir, cuanto antes mejor. Pero para eso antes tenía que meterme en la cama.
Ana, ajena a todos mis sufrimientos, dormía tranquila, ocupando casi todo el espacio disponible. Eso complicaba y mucho la ya de por si difícil. Probé entrar a gatas, pero cuando la cabeza llegaba al retranqueo del techo, aquel que coincide con el asiento de la bañera, no me quedaba espacio suficiente para darme la vuelta.
También intenté agacharme en el suelo, como cuando hacía flexiones en la escuela, de eso hace mil años y casi el mismo numero de quilos, con la intención de meter primero los pies y arrastrarme después como si fuese una lagartija, lo que suponía hacer un gran esfuerzo agravado por el hecho que, desde aquellos remotos tiempos, mi desarrollo físico no habíaa sido el mismo en los brazos que en la barriga. Pero a pesar de ello, eran tantas las ganas que tenia de meterme en la cama que lo conseguí, el problema es que cuando ya estaba dentro, había quedado cara al suelo y me resultaba imposible darme la vuelta porque la parte más elevada la ocupaba Ana.
Una vez más me arrastré como pude esta vez para salir, cosa que habría sido relativamente fácil si no fuera porque para poder abrir la nevera la puerta de nuestra cabina debía estar siempre cerrada. Lo que provocó un nuevo impacto en mi cabeza.
Todo porque no quería despertar a Anna, que dormía como un ángel abrazada a la almohada, con las piernas encogidas y la boca entreabierta. Pobrecita ella que no tenía nada claro eso de pasar las vacaciones en el mar lejos de la niña y que si estaba allí era solo por complacerme.
Me senté tan a la derecha como me fue posible, y con sumo cuidado levanté las piernas con la intención de pasarlas por encima de su cabeza; una vez conseguido, todo sería deslizarse hasta quedar convenientemente encajado. Pero cuando estaba a medio trayecto y mis piernas se encontraban justo por encima de su nariz, el Escándalo dio dos bandazos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, es decir de babor a estribor y de estribor a babor.
- Capullo! - gritó José Carlos al patrón de la motora que acababa de adelantarnos a gran velocidad y que debía haber salido de Barcelona al despuntar el alba.
Como era de esperar no pude aguantar el equilibrio y mis piernas cayeron justo sobre la cabeza de Anna que quedó encajada en posición digamos obscena o sugerente según se quiera.
- Miquel - dijo de aquella manera un poco gatuna que a veces utiliza - ¿ahora?. Bueno.
Como sea que a Ana siempre le ha gustado comer entre horas, a pesar de mi lamentable estado, dejando escapar algún grito cuando ella, presa de la pasión rozaba el chichón de mi espalda o un quejido cuando mis pies rozaban los suyos e intentando no escuchar el patético crujido de mis costillas, finalmente cumplí y por lo que parece muy dignamente, porque Anna, con energias renovadas decidió que ya era hora de subir a cubierta. Solo por eso ya valió la pena el esfuerzo, ahora toda la cama era para mí.
De bien poco me sirvió hacerme el amo de la cama porque cuando aun no hacía media hora que dormía y a pesar de mi subconsciente decía …no Miguel aguanta que era jamón de bellota…. Justo cuando la voz de José carlos anunció la buena nueva … Formentor a proa .. yo que no podía contener por más tiempo el contenido de mi estomago salia corriendo de la cabina como alma que lleva el diablo, tropezando con la nevera que estaba mal cerrada y dandome de bruces con el segundo escalón, y sin detenerme por nada, ni por las gafas de Ana que estaban donde no debían estar, ni por nadie. …. Mira Miguel … Coño vaya prisas.
En un momento de lucidez con la cabeza asomando por la popa aun pude ver como aquel maravilloso jamón de guijuelo se perdía en el azul mar, para solaz de los peces.
Eran las diez pasadas y aquella sombra casi invisible que desde hacía horas intuía en la distancia, poco a poco fue haciéndose más nítida hasta que pasadas las diez teníamos ante nosotros la majestuosa silueta de la costa norte de Mallorca.
Lentamente, mucho más de lo que nunca habría podido imaginar, fuimos acercandonos a la costa y pude contemplar en todo su esplendor el impresionante espectaculo de los acantilados del Morro de Catalunya, Les Aritges y la Punta de Tomás que caen casi en vertical desde las alturas para hundirse en un mar tan azul como nunca hubiera pensado que existiera más allá de los anuncios de bebidas y los folletos de viajes.
Al llegar a la altura del Cap de Formentor, cuando en la lejaní se veia y ala Punta del Pinar i más lejos aún se adivinaba la silueta borrosa del Cabo de Pera, cogí los poderosos y costosísimos prismaticos de José Carlos para ver el panorama con más detalle. Arriba, en el mirador del faro, centenares de turistas se amotonaban por ver la inmesidad del mar y la siempre bella imagen de un velero navegando. De un velero, cuatro yates grandes como una pareada, unas quince motoras trazando lineas blancas sobre el azul, unas veinte barquitas cuyos ocupantes se dedicaban a la tenaz y no siempre reconfortante actividad de la pesca y un barco de tamaño considerable donde una veintena de buceadores, rubios y de piel angustiosamente blanca se disponían a descubrir los secretos del mar y de paso ganarse la quemadura de su vida.
Acababamos de llegar a Mallorca
continuará…

If you enjoyed this post, make sure you subscribe to my RSS feed!
Tags: Libros
English









