A toda vela - 15
Topic: Lectura|
Como quien dice, seis días sin bañarme, pasando las noches en blanco, el cuerpo flagelado por la tortura y el alma en perpetua penitencia, eran una condena demasiado dura para alguien que a lo único que aspiraba era a pasar unas vacaciones, ni buenas ni malas, solo vacaciones. Por eso aquella mañana me levanté con el firme propósito de dar un golpe de timón, nunca mejor dicho. Al volver de las duchas venía decidido a, si era necesario, hacer las maletas y volver a casa. Seguro que en algún vuelo aunque fuera a las cuatro de la madrugada encontraría plaza, eso suponiendo que mi visa, aun lo pudiera soportar.
Pero cuando llegué al barco, para mi sorpresa, José Carlos ya estaba despierto, afeitado y con el pelo perfectamente peinado.
- ¡Vamonos! Esto es una mierda, nos vamos para Ibiza.
- Pero eso está muy lejos, no nos tendríamos que preparar.
- Preparar, ¿el qué? Tenemos agua, comida, gasoil. Nos largamos. ¡Ya!
¡Ya!, para José Carlos significaba hacer un par de llamadas, ir a comprar tabaco, un par de llamadas más … mientras mercedes acaba de despertarse … Que una vez Mercedes despierta fueran a tomar un café. Que después hiciera un par de llamadas más y que finalmente yo fuera a las oficinas del puerto y pagase, porque
- Ya te digo yo que esto es una mierda. Mira que no aceptar la American Express.
La que no esperó fue nuestra ya vieja amiga la marinada que, puntualmente, en cuanto salimos a mar abierto vino a saludarnos con su habitual rebaño de tiernas ovejitas blancas, espumosas y juguetonas. Otra vez como al principio, en medio del mar, tragando agua a diestro y siniestro, que en este caso sería por babor, estribor pero tambien, por la popa y la proa
- Mercedes, ¡Cierra el tambucho!
- Me estoy pintando las uñas.
- Mujeres..
Tras un día de calma, aquella marinada parecía venir con fuerzas renovadas y pronto las cosas empezaron a tomar otro cariz. La simpática marejadilla dejó paso a olas bien formadas que el Escándalo remontaba a base de pantocazos, crujidos y lamentos, para acabar cayendo en un pozo de donde, afortunadamente, salía en una nueva remontada.
- Ay Miguel, que me parece que me estoy mareando
- Baja y estírate. Cariño
- ¡Bajar! Estás loco.
Meterse en un puerto sin mirar las cartas se puede considerar un despiste, pero pretender ir hacia Ibiza cuando el mar está crecido y con ganas de crecer más, y sobre tierra se forman grandes nubes de tormentar, eso es una temeridad. De buena gana habría dado media vuelta, al fin y al cabo la rissaga ya la conocía. A malas me habría metido en cualquier cala y aguantado las motos, las clases de aguagym, hasta un concurso de yenca, todo fuera por salir de aquella montaña rusa en que José Carlos me había metido. Pero él es de esa clase de gente que nunca vuelve atrás, aunque delante tenga una pared. Como aquella ola que barrió la cubierta y que fue el detonante para que Ana corriera hacia la popa y allí dijera adiós al croissant, el café con leche y a Eugenia, que no encontró mejor momento para soltarse que aquel.
- Cagonla.
Colgando por la borda, tragándome el mediterráneo entero, con Ana sujetándome de los calzoncillos después de ocho tentativas infructuosas, al final conseguí pescar a la fugitiva, justo antes de que una ola mucho más grande que las anteriores dejase al descubierto la orza del Escándalo, que al caer produjo un ruido lo bastante estremecedor como para que en aquel momento deseara estar en cualquier sitio menos aquel.
En la porción de mar que las olas nos dejaban ver no se veía un solo barco. Tras el sonido de las velas, el motor y los pantocazos del barco se oían los truenos que descargaban tierra a dentro. Había tanta agua dentro como fuera del barco. Tras seis horas de enconada lucha contra los elementos, en las que ni por un instante se le pasó por la cabeza dar media vuelta, José Carlos, en un momento de lucidez decidió que así no podíamos continuar.
Después de adivinar cual de aquellos acantilados escondía Cala Figuera de Santanyí, finalmente entrábamos en aquella pequeña maravilla de la naturaleza. Un canal abierto por la fuerza del mar restallando, año tras año, siglo tras siglo en las rocas y que conducía aun pequeño ensanchamiento donde se encontraba el pequeño muelle, que tan orgullosamente las cartas señalaban como puerto, donde se amontonaban varias decenas de veleros con mas sentido común que nosotros, atados a las rocas y entre ellos. Parecía que nuestra desesperación no tenía fin, allí no cabía ni una aguja.
Unos alemanes nos indicaron que la única posibilidad era amarrar de popa al muelle. Lo que quería decir, dar media vuelta, echar el ancla, ir marcha atrás, hasta el muelle, amarrar, acto seguido recoger cadena al tiempo que soltábamos un poco las amarras hasta alcanzar un cierto equilibrio. Una maniobra sino imposible si complicada más cuando Cala Figuera queda abierta a un único viento, exactamente el que soplaba.
Con las aportaciones espontáneas de la concurrencia que no tenia nada mejor que hacer que mal aconsejarnos, por tres veces echamos el ancla por la borda. Demasiado lejos, demasiado cerca o demasiado mal.
Por fin la acertamos, más o menos. Pero cuando teníamos el barco amarrado por la popa y había que recoger la cadena, un poco solo un poco, el botón se encalló y tuvimos que rehacer la maniobra; porque cuando quisimos darnos cuenta, Montserrat volvía estar en lo alto.
Una vez más hubo que prescindir del motor y echar el ancla a mano, tarea de la que, como no, me ocupe yo. Finalmente, aunque no parecían demasiado convencidos, tras duras negociaciones con un francés que se hacía el despistado y un italiano que no paraba de quejarse, nos abarloamos a ellos y allí se quedó el Escándalo, en precario.
Las olas, al atravesar el desfiladero de roca crecían en altura rompiendo con fuerza contra el espigón donde nos encontrábamos. El único consuelo es que si naufragábamos al menos alguien nos socorrería.
Una vez liquidada tan brillante maniobra José Carlos se fue a popa, miró las olas que a cada andanada acercaban peligrosamente la pala del timón al muelle. Después entró en el barco revisó unos papeles, que mas tarde supe que eran los del seguro y se metió en su cabina, de donde salió al poco, acompañado de Mercedes cargando una bolsa de viaje.
- Ahora vuelvo, voy a ver si hay sitio en el hotel; es que Mercedes no está nada fina.
Y es que puestos a ver como se hunde el barco, mejor verlo desde el hotel. Porque a pesar de que José Carlos había dicho que volvería, hasta la mañana siguiente no li vimos el pelo. Y porque fui a buscarlo.
continuará …

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Tags: Libros
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