A toda vela - 12

Topic: Lectura|

    A la mañana siguiente, mi cuerpo acostumbrado a abrir la oficina a las ocho de la mañana, y , para que negarlo, la emoción por estar lo antes posible en aquellas calas maravillosas de las que tanto nos habían hablado, hizo que a las seis, justito cuando los más madrugadores salen a pescar, mis ojos se abrieran como platos.
    En las duchas del puerto me encontré al alemán del enchufe, dos italianos con muy buena plana y una señora del país a la que los atributos masculinos no parecían importarle mucho y que seguía impasible echando lejía en los azulejos, el suelo y mis chanclas.
    A las ocho y cuarto, mientras en el mar quedaba impreso el rastro que dejaban tras de si los barcos que poco a poco iban abandonando el puerto, me fui al pueblo a comprar unas ensaimadas, a Ana le gustan mucho. Con las ensaimadas y un café nos sentamos en la bañera a desayunar y esperar.
    A las nueve y media en el pantalán solo quedábamos nosotros, el hippie de Sabadell y unos ingleses pintando la cubierta de su velero.
    A las diez decidí que ya empezaba a ser hora de despertarse y como quien no quiere la cosa me dí unos cuantos paseos sobre la cabina que ocupaban José Carlos y Mercedes, pero por toda respuesta solo obtuve al monótono ronquido de él.
    A las once, le dije a Ana que estaba harto y nos pusimos a recoger el toldo. Al fin y al cabo si teníamos que navegar seguro que había que recogerlo, pero ni el ruido de nuestros pasos ni el estruendo que provoqué al tropezar con una escota fueron suficientes para despertarles.
    A las once y media casualmente se me cayó cuatro veces la misma olla, después probé de poner en marcha el motor del ancla justo sobre sus cabezas, pero como fuera que esto tampoco dio resultado, Anna y yo nos pusimos a limpiar la cubierta, usando unos cepillos muy duros que hacían un ruido infernal.
    No fue hasta pasadas las doce cuando el viento empezó a levantarse y con él la driza de la mayor dio un golpecito de nada en el palo y José Carlos se despertó.
    - Un día cojonudo para navegar.
    Pero para navegar aun tuvimos que esperar que se despertase Mercedes, que José Carlos fuera a comprar tabaco, que Mercedes fuera a las duchas, que José Carlos tomase un carajillo, a las doce cuarenta y cinco José Carlos encendió un cigarrillo, se caló la gorra de los Chicago Bulls, ajustó las Ray Ban y dio al contacto.
    - ñiic, ñiic…
    Jose Carlos se echó la gorra hacia atrás y volvió a dar el contacto.
    - ñiic, ñiic..
    - Cagon la ….
    José Carlos saltó al pantalán cual fiera salvaje, dispuesto a comerse el mundo. Media hora después volvía acompañado del Miranda bis, un mecánico de Sa Pobla que en invierno arreglaba tractores y en verano se las veía con los barcos, y sus patrones. Éste después de escuchar el ñiic, ñiic, sentenció.
    - Mala cosa
    La mala cosa tenía nombre de correa, y mira tú que casualidad que entre el montón de correas que aquel hombre tenía en su taller ninguna era de la talla del Escándalo.
    - Esto hasta que me la traigan de Palma …
    Resignados a la adversidad Ana y yo montamos de nuevo el toldo, y la verdad, no es por adjudicarnos méritos pero esta vez quedó mucho mejor. José Carlos, que no aceptaba nada bien los cambios de planes, especialmente cuando los cambios no eran cosa suya, se pasó el día delante del televisor. Mercedes se fue a la piscina del club a tomar el sol y Ana y yo optamos por dar una vuelta por el pueblo.
    A eso de las siete José Carlos salió a dar una vuelta por el puerto a ver si entre los barcos que a aquellas horas empezaban a regresar de las cercanas calas, había algún conocido. Tuvo suerte y se encontró con uno al que hacía cinco años que no veía y quedaron para cenar.
    Con la excusa de que teníamos el estomago un poco revuelto nos quedamos a cenar en e velero. Verdura un poco de queso y un yogurt. Al recoger los platos Ana encontró bajo una revista la cartera de José Carlos. Aquella noche tampoco pagó él.
    Al día siguiente después de perseguir al Miranda bis por toda Pollensa por fin conseguimos que instalase la correa nueva y poco antes de la una nos hicimos a la mar. José Carlos sacó las Pilot, algó así como la biblia de los marinos y señaló la ruta para aquel día.
    - Porto Colom.
    Acostumbrado a las distancias en coche, pretender llegar a Porto Colom en un día me pareció lo más normal, lo que no sabia es como cuan relativas pueden ser las cosas en el mar, y muy especialmente las distancias.
    Una agradable brisa nos ayudó a salir de la bahía, mucho antes de lo que yo esperaba. Pero en cuanto sacamos la nariz o la proa, que para el caso viene a ser lo mismo, por la punta del Pinar, vimos que aquello era algo más que una brisa que casualmente venía precisamente de la dirección hacía donde pretendíamos ir.
    El mar que se extendía ante nuestro ojos era un inmenso prado azul tapizado de ovejas blancas que muy juguetonas ellas, saltaban una sobre otra y en cada salto una salpicadura.
    Mercedes solo necesito dos salpicaduras para recoger la crema, el tabaco, la revista y meterse dentro.
    Ana de una parte por vivir nuevas experiencias pero sobretodo porque no acababa de ver claro lo de meterse dentro, aguantaba en la popa firmemente agarrada al pasamanos.
    Cuando empezamos a entrar en la bahía de Alcudia José Carlos me hizo recoger una parte de la vela mayor. Si recogerla entera ya es difícil; hacerlo a medias y con el barco dando pantocazos era casi imposible. Dentro, todo: cazuelas, paellas, , revistas, calzoncillos, todo fue a parar al suelo. Todo menos la tele que Mercedes tenía fuertemente agarrada entre las piernas, porque hiciera el tiempo que hiciera, ella el serial de la tarde no lo perdonaba.
    En cada pantocazo me parecía oír gemir el barco, pero él había decidido que íbamos a Porto Colom y a Porto Colom iríamos.
    - ¿Quieres decir que no hace mala mar?
    - Pero qué dices. Si hace un día cojonudo. Mira aquellos como escoran.
    A unos cincuenta metros de nosotros por el costado de estribor navegaba un barco de bandera francesa que parecía seguir nuestro mismo rumbo.
    - Ahora verán esos lo que hace la mano de un maestro. Lo menos les sacaremos dos largos.
    Y José Carlos dio un golpe de timón con lo que el Escándalo quedaba oficialmente inscrito en una regata en la que el único participante era él.
    - Tensa la escota de la mayor. No tanto ¡Bestia! Amolla el carro de la escota. Caza la contra. Amolla la escota de babor. Desplaza el carro a estribor. Amolla, caza, vuelve a cazar. Amolla. A babor. A estribor. Cuninghan a tope.
    - ¿qué?
    - Relinga Tensada. ¡Bordo!.
    Mientras el velero francés seguía impertérrito la línea recta que con buen criterio su patrón había marcado, el Escándalo iba dando tumbos sobre las olas, cada vez más considerables, ahora proa a tierra, ahora hacia el horizonte, otra vez a tierra, una vez más hacia el infinito mar.
    - ¡Joder! Se me han mojado las gafas..
    - Oye, ¿no sería mejor ir todo recto? – me atreví a sugerir.
    - Ay Miguelito, miguelito. Cuantas cosas te quedan por aprender. Apúntate ésta y tenla siempre presente, porque es el secreto de los ganadores. La distancia más corta entre dos puntos no siempre es la línea recta.
    Ante mi manifiesta ignorancia en cuestiones marítimas y la seguridad y contundencia de su afirmación, poco podía decir, así que seguí obedeciendo sus órdenes.
    - ¡Bordo!
    Eso sí, he de reconocer que en las cerca de cuatro horas que duró aquel suplicio aprendí mucha teórica. Por ejemplo que a parte del viento que hacía, que no era poco, había otro tipo de viento, el aparente.
    - … la suma del viento real, el que hace, más la velocidad del barco. ¿Lo pillas?…
    Y que para navegar por el mar, además de leer el periódico, las circulares de la Caixa y alguna novelita, necesitaba saber leer la costuras de las velas que viene a ser algo así como la letra pequeña de las hipotecas que puedes interpretar de mil maneras aunque solo una es la correcta.
    - Cagonla. Bordo.
    - Pero si acabamos de virar.
    Poco a poco el barco francés se fue perdiendo por nuestra proa hasta convertise en una pequeña linea blanca que al poco desapareció por la punta del cabo.
    - Francés tenía que ser.
    Y es que a veces en el mar, la distancia más corta también es la línea recta.
    Aquella noche no dormimos en Porto Colom. Tuvimos que guarecernos en Cala Ratjada amontonados junto a otros ocho veleros delante de la gasolinera.

    continuará….


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