A toda vela - 10
Topic: Lectura|
A eso de las cinco y media, llegábamos a puerto, un marinero que paseaba con su bicicleta nos guió hasta el amarre número 290, y a las seis en punto el Escándalo volvía a estar bien amarrado tras una maniobra que se podría calificar como perfecta, facilitada en parte por el hecho de que ni en el amarre número 289 ni en el 291 había nadie.
Aún no habíamos parado el motor cuando sentí el latigazo del sol. Hacía un calor insoportable, no olvidemos que estábamos en plena canícula. El puerto se me presentaba como un horno y en el Escándalo no había donde esconderse. Pero cada problema tiene su solución y en este caso la solución se llamaba toldo.
- Vais a tener el honor de estrenarlo. No te puedes imaginar lo que me ha costado, pero, ya verás. Vale la pena.
La idea en si misma no era mala, un toldo que teóricamente debía cubrir medio barco desde el palo hasta la popa. Lástima que para colocarlo teníamos que superar unos cuantos obstáculos, los obenques (unos cables que sujetan el palo por los lados y que claro, quedan justo en medio del paso), la botavara (percha, para mi un palo, que se articula con el mástil, alias palo, y permite envergar la vela mayor), el estai (Cabo que asegurado a un palo o mastelero, se afianza a proa para que dichas perchas no caigan hacia popa, para mi el cable que va desde lo alto del palo hasta la popa, justo por donde pasas para bañarte), el timón y el pote de crema de Mercedes.
- No, no espera. Me parece que lo estamos haciendo al revés.
Un toldo es un accesorio casi imprescindible en un velero, a no ser que quieras coger una insolación.
- Esto… No, Miguel mira. Me da la impresión de que esto tendría que ir por encima de la botavara… Si, claro. O no.
Este problema del sol no lo tienen la mayoría de motoras, con su saloncito interior y aquella especie de porche que tienen a popa, como la que estaba amarrada en el número 288, donde un señor bajito estaba tranquilamente sentado en su tumbona con un refresco sobre la mesa leyendo el Sport.
- Manda huevos. ¿Cómo coño debe de ir esto?
Claro que hay otras formas de evitar el sol, como la de aquel hippie sin reciclar que sentado a la sombra de un parasol medio desballestado, leía tranquilamente el Financial Times en la cubierta de su velero, tan pequeño que los pies le colgaban por la borda y al que había bautizado con el original nombre de “El plástic fantástic” (el plástico fantástico”.
- Y si lo atamos aquí – sugirió.
- Si, pero entonces ¿Qué hago con todo esto?
- ¡Córtalo!
Después de una larga serie de maniobras, que no explicaré por no alargarme, al final conseguimos dar una cierta solidez a aquella estructura que si tenemos en cuenta que mis habilidades por lo que hace al bricolage no son muy notables y que José Carlos no sabe ni abrir el capo de su coche, que en su vida ha cambiado una bombilla y que cuando se le estropea algo, sea lo sea, maquinilla de afeitar a nevera, simplemente va y se compra otra, pues la verdad es que no quedó del todo mal
- Ay qué bien. Una cuerda.
Con las braguitas, los calcetines y las tres toallas que Mercedes colgó, el Escándalo perdió toda su prestancia.
Ana y Mercedes se fueron hacia las duchas, Ana con una toalla, jabón y espuma para el cabello, mientras que Mercedes hacía lo propio convenientemente pertrechada con un neceser que parecía una maleta. De buena gana me hubiera ido con ellas, pero antes había que arreglar el tema del ancla.
Mientras José Carlos se iba a la ferretería a por un mosquetón y ya de paso compraba tabaco y se tomaba un cubata, yo que no tengo lumbalgia crónica, ni fumo ni me gustan los cubatas, me ocupé de sacar a Montserrat y sus ochenta metros de cadena del pozo de anclas.
Después estaba la cuestión eléctrica, había que “enchufar” el barco. Con dos alargos de treinta metros recorrí todo el pantalán hasta encontrar un enchufe libre, para cuya posesión hube de discutirme con un alemán con aspecto de vikingo que pretendía hacer valer sus derechos, derechos que no tenía, a base de todo tipo de lo que parecían exabruptos a los que yo contesté con los míos en catalán que ni de largo producen el mismo efecto.
Para llenar los depósitos de agua tuve que pedir ayuda al hippie que muy amablemente me dejó su manguera, que unida a la nuestra me permitió conectar a una tercera manguera de propietario desconocido que a su vez estaba conectada a una de un francés, que aquella sí que llegaba a la única torreta de donde salía un lánguido chorrito de agua con el que una hora después solo había conseguido llenar medio deposito.
Después de recoger los restos del aperitivo, José Carlos quiso limpiar la cubierta, él con la manguera y yo con el estropajo.
Con el toldo puesto, las braguitas secándose al sol, la batería cargándose y el depósito lleno de agua pondría pensarse que ya estaba todo. Pues no. Porque había llegado la hora de Eugenia.
José Carlos es de aquella clase de gente que tiene una clara tendencia a poner su toque personal en todo lo que toca, por eso su barquita auxiliar, que podía muy bien llamarse así, barquita auxiliar, o auxiliar simplemente, o tender como la llaman los ingleses, xàvega en catalán o chinchorro para casi todo el mundo, la suya se llamaba Eugenia; que para acabar de redondearlo era el nombre la esposa del señor del amarre número 288.
Eugenia había venido con nosotros dentro de una bolsa atada en la cubierta, y mientras estuvo allí dentro no dio ningún problema.
- Vete hinchándola
Ana y Mercedes volvieron de las duchas frescas como dos rosas, una con sus shorts del Decathlon, la otra con unos pantalones de gasa, su top de transparencias y unos zapatos de lentejuelas.
- Vamos un momento a la farmacia.
Cuando Ana y Mercedes volvieron de la farmacia yo aun seguía con Eugenia.
- Mientras tú acabas de hinchar yo me voy a la ducha.
Cuando José Carlos regresó afeitado con el cabello recogido en una colita, envuelto en una nube de Paco Rabanne yo aun seguía hinchando.
- Pero ¿qué haces? ¿No ves que esta pinchada?
Afortunadamente el hippie que resultó ser un comerciante de Sabadell que acababa de separase de su mujer, tenia de todo en su barquito y al poco el agujero de Eugenia ya estaba arreglado y en un tiempo récord la teníamos hinchada y en el agua. Por fin a eso de las ocho y media me llegó el turno de ducharme.
- Esto, Miguel. No te entretengas que tengo mesa reservada.
Continuará…
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Tags: Libros

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