Roger Alier (mi oráculo operístico y el de mucha más gente) suele decir que intentar sacar un fragmento de cualquier ópera de Richard Wagner, salvo muy escasas excepciones, “fa sang” (lit. hace sangre, provoca una sangria o sangra). Esta es una forma muy gráfica de describir la música de Wagner que desde el momento en que el maestro alza la batuta es un continuo, sin ninguna interrupción, sin concesiones al aplauso, solo música hasta el final.
Por eso he pensado que la mejor forma de ilustrar este artículo era con el Preludio de Parsifal y lo pongo aquí, al principio, porque dura exactamente 16 minutos 22 segundos, tiempo más que suficiente para leer la crónica de uno de los acontecimientos histórico/musicales más importantes que jalonan la larga vida del Liceu, la primera representación de Parsifal.
Parsifal se estreno el 26 de julio de 1882 en el Festspielhaus de Bayreuth, Wagner había concedido la propiedad exclusiva de Parsifal por 30 años completos, que expiraban el 31 de diciembre de 1913. Algunas ciudades burlaron esta exclusividad, (Nueva York y Zurich en 1903, Amsterdamm en 1905 y Buenos Aires y Rio de Janeiro en 1913) los cantantes que participaron en estas representaciones se exponían a quedar excluidos en Bayreuth.
El Gran Teatre del Liceu hizo un poco de trampa y acogiendose a la diferencia horaria alzó el telón a las 11 de la noche del 31 de diciembre de 1913 con lo que el primer acto terminó ya en 1914, siendo de este forma el primer teatro del mundo que puso Parsifal en escena de forma “legal”
De la importancia de aquel suceso da fe la portada de La Vanguardia que a continuación incluyo.
….El ingreso de Parsifal en la categoría de las obras representables, una vez extinguido su glorioso monopolio por el teatro de Bayreuth, constituye un acontecimiento extraordinario …en el presente número recogemos y consignamos el recuerdo especial de esta notable efemérides artística, que algún día registrarán, piadosos, nuestros nietos, ávidos de conocer el alma, la sensibilidad y la vida de sus ascendiente….
Bueno, pues hete aquí los nietos…
… Después de Napoleón y en esfera distinta de las revoluciones y los imperios, el mundo ha conocido otro gran asombro: Wagner. Casi todos hemos sido sus contemporáneos, recordamos su muerte y las últimas fases de su existencia, hemos cruzado nuestra palabra con los que le trataron. Y, no obstante, pare esa historia leja y brillante cono un mito, como la leyenda de un titán, ya que para encontrar una medida de hombre y de potencia ideal y creadora comparable a esa que hemos podido contemplar cara a cara, hay que remontarse a los días de Miguel angel o de Shakespeare.Nosotros hemos conocido esta gloria a la vez como actualidad cotidiana y como solemne consagración histórica, coo cosa de ayer y como algo que parece ya ennoblecido por las centurias. Y la conciencia de esa maravilla es la que da estos días tan insólito valor, en todo el mundo, a la representación de Parsifal, única porción cerra y velada, hasta anoche, de la inmensa selva del genio… La Vanguardia 1 de enero de 1914.
Lamentablemente no he podido averiguar el nombre del autor de estas palabras, que servían de introducción a cuatro páginas de intensa, por lo pequeña de la letra, documentación acerca de la obra culminante de Richard Wagner. Desde el argumento, a los detalles más nimios acerca de los decorados, algunas de cuyas reproducciones adjunto (la calidad es mala pero como diría mi hijo “es lo que hay”) y como no, el lado místico de la obra porque si alguna creación musical esta envuelta en un extraño halo mezcla de mito, leyenda, religiosidad o como quiera llamarsele, esa obra es Parsifal.
Una obra cuya duración depende y mucho de la prisa que se de el Director, sin ir más lejos el gran Toscanini tuvo sus más y sus menos con el público de Bayreuth porque a su entender se daba demasiada prisa, tocaba Wagner “a la italiana”
En esa misma Vanguardia se daba cuenta del último ensayo de Parsifal en el Teatro Real de Madrid donde se estrenaria la tarde/noche del día 1.
A las siete de la noche ha terminado la representación del primer acto de “Parsifal”. Desde las cuatro y media la sala del Teatro Real estaba llena, ofreciendo el aspecto de las grandes solemnidades. Los toques de trompetas anunciaron la representación en la forma que ya se había indicado. Al escucharse en el Paraíso los últimos toques se produjo en la sala un movimiento de expectación.
Con gran puntualidad ocuparon los Reyes el palco regio de diario y en el inmediato aparecieron la infanta Isabel y los príncipes de Battenberg.
La orquesta tocó la marcha Real, y el público saludó a los Reyes con una salva de aplausos. En las alturas se dio un viva a los Reyes, y todo el público contestó con entusiasmo.
Al empezar la representación, la sala quedó a oscuras (una costumbre esta impuesta por Wagner) y en el teatro se produjo un religioso silencio.
La orquesta, dirigida por el maestro Lasalle atacó las notas de la introducción y todo quedó en suspenso.
En la sala hacía muchísimo frío, pero a pesar de ello, el público continuó en las butacas.
La emoción más intensa fue en la consagración del San Graal.
La orquesta, al sonar las últimas notas, fue ovacionada. La representación duró una hora y 52 minutos.
Entonces, al hacerse la luz, se vio que los Reyes se habían trasladado al palco de gala para presenciar en todos sus detalles la escena de la consagración.
Poco después se retiraron los Reyes y los infantes, siendo despedidos con las mismas demostraciones de simpatía que a la llegada.
El público se retiró también para comer y volver sin perder momento.
En el foyer se prepararon las mesas de los que comieron allí por temor a perder una sola nota de Parsifal.
La impresión del primer acto ha sido grandiosa y la representación un éxito para todos; artistas, orquesta, directores de escena y presentación.
El público muy satisfecho.
La Vanguardia del 2 de enero de 1914.
He querido incluir aquí integramente esta pequeña crónica, más social que musical del estreno de Parsifal en Madrid, primero porque me es muy dificil disponer de documentación sobre la vida operistica madrileña, y más de esos años y también porque da otra visión de la ópera.
No me imagino a la corte y aledaños entrando en el teatro a medianoche con el único fin de asistir al estreno de una opera, de cinco horas de duración. Probablemente muchos de sus subditos, especialmente esos que comieron en el foyer del Real “por temor a perder una sola nota“, hubieran preferido que los Reyes ese dia no fueran a la ópera y así haber podido rivalizar con sus colegas catalanes y empezar el año con Wagner.
Y también como un pequeño, en realidad minúsculo homenaje, a esos casi heroicos Amigos de la ópera de Madrid que durante muchos años, demasiados, veian con desesperación como aquel muerto en vida que era el Teatro Real parecía que nunca volvería a renacer.
Mañana hablaremos de cómo fue, artísticamente hablando, aquel memorable primer Parsifal en el Liceu.