Muchas veces explico que mi pasión por la ópera nació con la primera Norma que Montserrat Caballé cantó en Liceo, pero esa no fue la primera vez que la escuché cantar.

Llevar falda corta a finales de los sesenta no era lo mismo que ahora. En aquel tiempo no podías dar cuatro pasos sin que tuvieras que aguantar todas las frases soeces que imaginarse pueda, porque lo de los piropos era demasiado literario para el ramo de la construcción, como mucho llegaban a aquello de “niña ve por la sombra que con el sol los bombones se deshacen”, estos eran la excepción. Hoy en día la cosa es distinta, no tanto porque servidora tenga una edad, (aunque no lo crean todas tenemos nuestro público otro tema es la edad media de ese público) como por la Bobcat. Sí, ya saben, esa mini excavadora que sacó a los obreros de las zanjas y que les hizo perder aquella perpectiva privilegiada. Yo, como todas llevaba minifalda y supongo que ella fue la causante de que el 18 de diciembre de 1969, estuviera resfriada.
No solo yo estaba resfriada. Montserrat había tenido que suspender su actuación del sábado anterior, para la que mi hermano, mi mentor operístico había comprado entradas, con la malévola intención de enganchar a la “nena” (yo) en eso de la ópera. Decidido como estaba a conseguir su objetivo, no dudó en volver a comprar entradas para el jueves 18.
A la hora señalada, tras larga espera ante la puerta de la calle San Pablo (actual Sant Pau), porque en aquel tiempo, los del cuarto y quinto pisos aun teníamos vetado el acceso por Ramblas, cosas de la época. Mi hermano y yo trepamos por las escaleras cual posesos, porque lo del ascensor era causa perdida más si tenías entrada de general, como era el caso.
El “Libiamo” lo llevé con cierta dignidad, en el “Sempre Libera” pasé mis apuros. Pero cuando Robert Massart atacó el “Di provenza il mare…” mis toses y estornudos nos obligaron a abandonar la sala. (cosa que más de uno debiera hacer hoy en día, pero bueno…). La frustración más profunda debió apoderarse de mi hermano y cómo la cosa no estaba para psicologos, una especie que en aquel tiempo no se llevaba mucho, a la mañana siguiente se presentó de nuevo en las taquillas y ya me tienes de nuevo ante la puerta de la calle San Pau (San Pablo) el domingo 21 de diciembre de 1969.
La Traviata es una de aquellas ópera que los “enteraos” tienden a menospreciar por demasiado popular. En fin allá cada cual con sus manías, a mi, a pesar de los años me sigue gustando, especialmente el segundo acto, donde tras el magnifico duo entre Giorgio Germont y Violeta, ella presa de la más absoluta desesperación (no entraré ahora a comentar el argumento que cómo casi todos resulta imbebilbe a ojos de hoy en día), pronuncia una frase, exacamente dos palabras, que bien valen una ópera. ¡Amami Alfredo!, Buff! Y que podeís escuchar a continuación. También incluyo la pequeña maravilla, popular sí, pero por algo serà, “Addio del pasato”.
Y para acabar aquí teneis la transcripción de la crónica que, firmada por Xavier Montsalvatge, incluía La Vanguardia de 19 de diciembre de 1969
Anoche, en el Gran Teatro del Liceo
Reaparición de Montserrat Caballé, ovacionada como protagonista de “La Traviata”
Repuesta ya de la dolencia que ha retrasado unos días su vuelta al escenario del Liceo, Montserrat Caballé fue anoche protagonista de “La Traviata”, ovacionada con desbordado entusiasmo desde las primeras escenas hasta el final de cada uno de los cuatro actos, a cuál más difícil, lucido y comprometido para las sopranos que asumen el preponderante papel de “Violeta”.
Ayer el público que llenaba totalmente el teatro, esperó con expectación la presencia de la gran diva catalana, en el fondo un poco inquieto pensando en el posible deslustre que puediera descubrir en el timbre vocal de la cantante, como residuo de su pasada afección. Digamos enseguida que Montserrat Caballé ya en el “brindis” y en las subsiguientes arias “Strano” y “Follie, follie…” del primer acto tranquilizó a todos al respecto. Sus medios expresivos son infinitos como siempre. La voz se manteine en toda su plenitud, su tersura, brillo y diafanidad habitual. Su complacencia en sacar toda la posibilidad de seducción y delicia de los imponderables filados vocales no ha cambiado y la artista -admirable profesional y dominadora de la dicción operística- estuvo tan segura de si misma y tan entregada a la filigrana lírica de la particela en las primeras escenas como en el acto final del desenlace, que escuchándolo en la voz de la Caballé parece escrito expresamente para sus facultades extraordinarias.
Anotamos, pues, el nuevo y espectacular triunfo de Montserrat Caballé rubricado con constantes ovaciones estrepitosas y vítores, que ayer nos parecieron expresión de un sentimiento admirativo y a la vez manifestación de un cierto alivio producido por la nueva presencia de la famosa artista en nuestro primer escenario.
Por lo demás, “La Traviata” fue escenificada con el reparto excelente al que ya nos referimos a raíz de la primera función del sábado pasado. El tenor André Turp como “Alfredo” fue el mejor oponente que podía haberse escogido para la Caballlé y le admiramos de nuevo por su caudalosa voz y sus dotes de expresivo actor. Destacó igualmente el barítono Robert Massard personificando a “Giorgo Germont”, y el resto de las primeras y segundas figuras, así como la eficaz, musical e inteligente dirección al frente de la orquesta del maestro Carlo Felipe Cillario.
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