Hobbes

Con esta van cinco veces que digo adios a un compañero. No era una persona, lo que no hace que la despedida sea necesariamente más fácil. Son esas cosas que solo entienden los que comparten la vida con los perros.

A lo largo de su vida Hobbes ha batido varios records. Para un Schnauzer gigante alcanzar los doce años es un hito, pero  es que  ha tenido una muy buena vida.  Nunca le ha faltado comida, atención, cuidados, ha tenido compañeros de su especie y también humarnos y un bosque para pasear

A su disposición tuvo, además de los tradicionales calcetines, cuerdas, cables y cordones de zapatos, cuando no el zapato entero; centenares de metros de tubo de riego para roer, arrancar, masticar, vomitar o traerme hasta la puerta de la cocina como un trofeo de caza.

Después estaban sus problemas intestinales, ya desde cachorro encontraba un placer especial en aromatizar las reuniones familiares situ´ndose estrategicamente a un lado de la mesa. No recuerdo cuantas veces cambiamos de comida, probamos un yogur a la semana,  hasta tisanas  llegué a hacerle, pero nada la única solución era abrir las ventanas y dejar pasar el aire. 

Cuando llovia se revolcaba en la tierra, cuando no llovia también. Le encantaba descubrir el mundo interior de las almohadas.  No sé cuantas veces fuimos juntos  urgencias, ahora una espiga que ha subido pata arriba, hoy una valla, hasta que harta de que todos  sus accidentes ocurrieran en domingo, compré una grapadora para coserle, una experiencia interesante. 

Le gustaban las pelotas, las de tenis que corría a buscar pero pocas veces devolvía. Porque desde su perspectiva supongo,  mucho más interesante que correr de aquí para allá con una pelota, era petarla, y cuanto más grande mayor el reto.

Pero sin duda lo que más le gustaba era el pan, el pan seco.

En estas últimas semanas cuando apenas comía y nada parecía atraerle, ni la carne recién hecha, ni el arroz con verduritas, nada, solo el pan le hacían levantarse del suelo. Pero cada vez eran más las veces que eramos nosotros quienes teníamos que levantarle.  Y mientras lo hacíamos nosotros y él buscábamos el punto de encuentro para decirnos adios. Hoy ha sido  el día y ha sido como yo no quería que fuera porque a mi lado, en ese momento, no había nadie de la familia salvo el veterinario que después de tantos años y tantos perros ya casi que lo és.

Hobbes se ha ido tranquilo mientras yo le acariciaba la cabeza huesuda al tiempo que me preguntaba si tal vez he esperado demasiado tiempo.

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