La Trastienda – Sant Jordi 2018

 

A Mamá le gustaba mucho el yogur.
Recuerdo, que cuando yo era niña, siempre insistía en que lo tomase. Según ella, el yogur era bueno para todo.
Pero, a pesar de sus esfuerzos, aun disfrazándolo con azúcar, miel o cola-cao, a mí, seguía sin gustarme y me negaba a tomarlo.
Mamá no se enfadaba, ella solo se ponía triste. Triste porque no podía entender cómo algo tan rico y saludable no pudiera ser de mi agrado.
A Mamá le gustaba mucho el yogur y le gustó durante toda su vida. Quizá por eso, aquella llamada de mi hermano, tuvo tanta relevancia en la mía.
Fue una mañana de primavera, no recuerdo la fecha.
Mama, dijo él, lleva más de media hora delante de un yogur y no sabe cómo abrirlo.
Aquella llamada supuso el anuncio oficial del principio del fin.

Hacía mucho que Mamá había quedado fuera de todas las conversaciones, siempre ante el televisor, sentada en su sillón orejero que le venía tres tallas grande, porque Mamá siempre fue menuda.
Allí, con los codos apoyados en los brazos de la butaca, con su sonrisa diminuta parecía un pajarito, un pajarito con delantal.
Para cuando llegó la llamada de mi hermano, hacía tiempo que la casa se había ido llenando con pequeños paquetes hechos con servilletas o pañuelos, escrupulosa y metódicamente, doblados una vez y otra en un bucle sin fin, que la mantenía atrapada en rutinas sin sentido.
Un día, Mamá olvidó cerrar el gas y dejó de cocinar.
Un día, Mamá compró tres veces pan y dejó de ir a comprar.
Un día, Mamá dejó de ser Mamá.
Nuestros relojes vitales, el suyo y el mío, siempre fueron a destiempo. Yo nací demasiado tarde y crecí demasiado rápido y cuando quise darme cuenta ella era una anciana para quien los días, las semanas y también los años, habían perdido su orden natural.
Mamá vivía en un paréntesis sin principio ni final en el que pasado y presente se mezclaban y en el que el futuro simplemente dejó de existir. Un vacío en el tiempo en el que los minutos eran eternos y los días duraban un instante.
En las tardes que pase a su lado en aquellos últimos años de su vida, siempre demasiado pocas, Mamá pasaba la mayor parte del tiempo en silencio, siempre sonriendo, siempre con las manos ocupadas.
Era una mujer en el ocaso de su vida, que súbitamente se veía asaltada por recuerdos incontrolables. Retales de su propia vida que ella sentía como propia pero que no sabía reconocer como suya.
En esas porciones de recuerdos inconexas, descubrí a una mujer, otro hora una muchacha, que vivió un tiempo tan extraordinario como cruel, un tiempo que quizá ella hubiera preferido no tener vivir o vivirlo de otra manera.
Una mujer que se vio en la necesidad de sepultar su pasado en el silencio. Un silencio cómplice un silencio compartido con otros muchos

El Alzheimer es una enfermedad mágica, de repente, un día, tu mundo se ha llenado de conejos blancos escapados de la chistera del pasado… Me dijo en una ocasión un buen amigo, que entendía mucho de estas cosas, porque las vivía en propia piel.
Lamentablemente los conejos de Mamá no eran blancos.
Mi amigo murió, como también murió mi madre.
El médico dijo que fue un paro cardíaco, que su corazón se había cansado de latir, yo creo que simplemente olvidó cómo seguir viviendo.

Este libro es el resultado de hilvanar esos pequeños retales de pasado que ella iba dejando atrás, mientras la marejada de la enfermedad se la llevaba mar adentro hasta dejarla sin futuro, ahogando su presente en el olvido.