Cuestión de patillas – Roger Guasch

Llegó 2018, y se acabaron los turrones, la búsqueda desesperada del tiquet de compra desaparecido. Ya no más fuentes gigantescas repletas de comidas hipercalóricas en el horno. Bye Bye a los polvorones y dentro de nada las lucecitas del árbol volverán a la caja de Ikea donde descansaran hasta dentro de unos meses.

Una vez finiquitado el tema festivo me he retirado unos días a recuperar fuerzas ante un año que se presenta entretenido tanto en lo personal cómo en lo público, lo que no esperaba es que la diversión empezase tan pronto y que el escenario de la movida fuera el Liceu.

Este 2018 ha traído con él la noticia sorpresa de la dimisión, cese, abandono o lo que sea, siempre según el medio que se consulte, del hasta ahora  Director General del Liceu, Roger Guasch. (ahora es cuando un montón de gente dice aquello de “yo ya lo sabía”)

Si algún personaje controvertido ha cruzado las puertas del Liceu en los últimos años (Calixto Bieto al margen) ese ha sido Roger Guasch. Quien a su llegada,  tuvo la osadía de confesar en público que él “de opera” no sabía (no recuerdo exactamente las palabras ni las circunstancias) pero esa era la idea básica, que le ha perseguido hasta hoy, porque en ese mismo instante, Guasch se ganó la animadversión de los “sabios”.

¿Cómo OMG se puede intentar gestionar un teatro de opera sin irse por la patapabajo escuchando el Liebestodt de Isolda?

Por Dios! esto parece un anuncio de colonia y no de una opera, Y DE WAGNER!

Pero donde iremos a parar VENDIENDO el LICEO como si fuera una sesión de Spa o una manicura francesa.

 

Estos y otros muchos, iguales o peores, son comentarios que en estos últimos tiempos ha sido fácil escuchar en los círculos operísticos, made in BCN.

En estos últimos cuatros años, en múltiples ocasiones he mantenido una especie de  guerra dialéctica  con diversas personas “sabios” o no, pero básicamente cerrados de miras.

A Guasch se le contrató para que los “sabios”  y los que no lo son, pudieran seguir llorando de emoción con Irene Theorin o disfrutando con el desaparecido Dimitri Dvorostovsky.  Para ello lo principal era poder seguir levantando la persiana de “la botiga” pero debido a  la crisis general pero muy especialmente al recorte en las subvenciones, el Liceu estaba al borde del desastre.

Joaquim Molins, fallecido el pasado verano, tuvo claro que el Liceu necesitaba urgentemente un revulsivo  y por eso no recurrió a la práctica comun de preguntar a los amigos y buscar “alguien” en los cerrados y restrictivos círculos habituales sino que buscó fuera y así es como ahora hace cuatro años y cuatro meses el Liceu, el nuevo y el rancio de siempre, daba la bienvenida más o menos forzada a un señor más bien bajito, entradito en carnes, pequeño detalles que carecen de importancia, pero con patillas y eso ya es harina de otro costal.

Como en una ocasión, le escuché decir a una señora muy fina de esas que en tiempos se pasaban la tarde en la pelu “coiffeur” porque “hoy toca LICEO” “Pero si es que va con patillas! ON se’s vist! (donde se ha visto)”

FOTO de AUGUST BLAZQUEZ I RUBI

 

Sí Guasch tenía patillas pero también  ideas. Básicamente la de entender el teatro como una empresa que vende un producto o al menos lo intenta. Y como ocurre en todas las empresas sino vendes el producto, los números no salen y la “botiga” cierra.

Lo sé es una visión muy mercantilista de la cuestión pero es la real. Lo de la emoción, las lágrimas, la belleza, la voz etérea y la potencia creadora de Wagner todo eso viene después, porque con el teatro cerrado no hay trompeta que suene. (llegados a este párrafo ya siento los clavos hundirse en mi carne)

En los tiempos que corren no podemos vivir pensando en el maná de las subvenciones, se han de buscar caminos para que esa conocida máxima del mundo operístico “la opera es cara y por tanto deficitaria” no sea cierta.

Hay que optimizar el uso de los equipamientos con opera sí, pero también con conciertos de rock, pases de modas, presentaciones de coches o lo que haga falta, todo para que llegado el momento de cuadrar los números estos permitan traer a Kunde para un Otello o a Kaufmann, aunque la entrada sea más cara de lo habitual.

Por eso muchas veces me he quejado de la estrechez de miras en algunos aspectos de la gestión del teatro, como los programas de mecenazgo del Liceu pensados para el Ibex 35 o  los grandes nombres de aquella burguesía de antaño, otrora motor de una sociedad floreciente, pero  que ahora parece en exceso empecinada  en perpetuar en el siglo veintiuno modos de hacer de mediados del diecinueve.

No hay amante de la ópera que se precie, que no envidie la retahíla de grandes voces que año tras año hacen parada en el teatro neoyorquino. Sí,  lo sé, Barcelona no es  New York, es cierto que sus puestas en escena, aunque bellas se repiten durante años. Vale, quizá no sea lo que nosotros necesitamos, pero intentemos aprender de lo que sí hacen bien.

 

Siempre que la casualidad me ha hecho cruzarme con el, casi siempre acompañando algún grupo de visitantes a deshora, he pensado que en el futuro Guasch no sería recordado por haber salvado, literalmente, el teatro de la bancarrota, por haberse enemistado con  una buena parte de los abonados, unos por la nueva tarificación, el resto porque se sienten ofendidos no sé muy bien porqué. Tampoco por haber conseguido que los grandes proveedores turísticos se dieran cuenta de que en la Rambla hay un teatro digno de ser visitado, menos aun por lo de sacar el Liceu a la calle, o traer la calle al teatro.

No, lo único que muchos recordarán de él, serán sus patillas sus aires un punto rufianescos y aquella ataque de sinceridad que lo situó, por siempre jamás, más allá de la fina frontera que separa el mundo real de la rancia burguesía catalana,  tan fina como la puerta que separa el Circulo de Liceo del Salon de los Espejos.

Guasch, como todos, habrá hechos cosas bien y otras no tanto, pero nadie podrá discutir que ha hecho cosas. Guasch no ha sido un director florero como otros  lo fueron antes que él.

Se le fichó para un trabajo y lo ha hecho. Lo de emocionarse con una música o no, eso no sé si ahora lo entiende, pero al menos tendrá oportunidad de experimentarlo, porque la persiana de la “botiga” sigue levantada, en parte gracias a él, y espero que así siga siendo.

Por cierto, la última vez que lo vía no llevaba patillas.

La foto que ilustra el post es de El Periodico

 

 

 

 

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