Liceu – Mi rentrée

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Hace ya unas semanas que hice mi rentrée en el teatro, volvía a acompañar visitantes. No me pusieron alfombra roja… porque ya estaba puesta ni una pancarta en la entrada, salvo esas que dicen Visitas/visites/tours. No hacía falta, para qué nos vamos a engañar, me encanta acompañar a los visitantes, especialmente en las visitas técnicas y explicarles todo ese pequeño gran universo que hay tras el telón. La verdad, es que lo echaba en falta. Si no me gustase dificilmente seguiría en ello desde hace ya la friolera de, sino me equivoco con las fechas, siete años.

Durante este tiempo he sido presentada a  tres directores generales.

El paso de la señora Cullell por la dirección del teatro fue breve yo diría que casi fugaz, tanto que a la hora de hacer un balance de su actuación el hecho de ser la promotora del equipo de voluntarios tomó un peso específico quizá excesivo. Personalmente no tengo nada negativo que decir acerca de su gestión, es más le reconozco una gran virtud  la de marcharse a tiempo.

Ni yo ni nadie sabe como habría gestionado ella la crisis que a poco de su marcha se manifestó en la vida del teatro con toda su crudeza.

Ese papelón  le tocó al señor Marco, personaje controvertido donde lo haya habido,  por supuesto no seré yo quien ahora me ponga a juzgar su tarea, que así, vista desde la barrera cuando menos parecía  muy polémica, y de dudosa eficacia.

Fue en ese periodo cuando empezaron a rodar cabezas, el dinero no daba para muchas alegrias. Aquella fue la época del primer ERE de los apaños de última hora como amputar un Fausto pero al mismo tiempo seguir dejando en cartel operas imbebibles. La sensación, al menos la mía, era de que todo era demasiado improvisado.  Se aplicaban soluciones momentaneas sin visos de continuidad y sin planificación a largo plazo en la que se tuviera en cuenta  hechos, ya por entonces más que evidentes, de que eso que estabamos viviendo no era una crisis cualquiera sino que, al menos así lo veo; estabamos en un cambio de ciclo.

Hay que decir también que ambos directores tuvieron un denominador común que era el director artístico Joan matabosch.

Hablando  de la cultura en general, yo soy de los que opinan de que al igual que ocurre en otros aspectos de la vida, quizá ya va siendo hora de que empecemos a pensar que la cultura no puede ser un bien eternamente subvencionado. Concretamente y con relación a la ópera, creo que hay que empezar a borrar de nuestras conversaciones tópicos tan manidos como aquel que dice: “la opera siempre es deficitaria”, una frase muy dicha cuyo mensaje de fondo es, “alguien tendrá que venir después a hacer que los numeros cuadren”

Los números no cuadraran nunca más, al menos si para cuadrarlos hay que esperar que llueva el dinero del cielo o de la administración.

El dinero es un bien escaso y hace falta para muchas otras cosas. Independientemente de que la administración, todas,  deba ser una adminsitración real, eficaz y competente, y no un depositos de gente de dudosa profesionalidad (alguno lo hay pero me temo que pocos) y en ocasiones aun más dudosa honrades , lo cierto es si sale a la calle y le pregunta a cualquiera

“Oiga, ahora mismo le doy un millon de euros para que los invierta en lo que crea más necesario, de entre estos cuatro fines: pensiones, sanidad, educación o la ópera”

Segun como lo pille el tio igual  hace un Barcenas y se larga corriendo, pero sino lo hace, no porque sea honrado sino porque está la cámara delante. Me juego lo que quieras que salvo que la propuesta se la hagan en la puerta del teatro a algun fanatico que acaba de salir del Liceo, después de un Parsifal, su respuesta nunca sera la cuarta opción.

Ayudaría y mucho el disponer de una ley de mecenazgo que no hace falta que sea la mejor y la más innovadora del universo, con que funcione ya es más que suficiente y claro también estaria  bien y creo que no sería mucho pedir que tomasemos ejemplo de otros paises donde el IVA para la cultura anda allà por el 5% y no en el 21 como aquí.

Porque os explico todo esto?. Pues porque en las tres visitas  que hecho en estos ultimos días, desde mi reincorporación, en todas sin excepción ha salido ha relucir  el tema de Raphael,  Miquel Poveda, Van Morrison, Woody Allen o la ya casi olvidada Pantoja.

Se habla mucho del clasismo vinculado al poder adquisitivo, al dinero; pero desde mi experiencia personal,  creo que es mas clasista aun y  diría que más cruel  e intransigente el clasismo cultural.

¿Porqué no puede cantar Miquel Poveda o Van Morrison en el escenario del Liceo? ¿Lo ha consagrado algun obispo y yo no me he enterado? ¿El que sobre su escenario se hayan escuchado las notas de “Yo soy aquel ….” provoca tal vez, que después, al representar Parsifal, el suelo se abra y todos, yo incluida seamos engullidos hasta los infiernos del la subcultura, donde nos espera Wagner  junto a todas las walkirias a punto para machacarnos el cerebro con martillo de Wotan, por sacrílegos?452869814_640

Lo primero sería racionalizar la ópera y preguntarse, al cabo de los años qué es lo que realmente recuerda el espectador:  aquella soberbia interpretación tanto vocal como musical o una puesta en escena en demasiadas ocasionas desmesurada y excesivamente costosa hecha más para mayor gloria y esplendor del su ideologo que para placer y disfrute del publico, que es el que paga.Atras quedaron los tiempos del carton piedra y los decorados pintados, pero quiza  ya va siendo hora de que recuperemos el equilibrio.

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Aun en el supuesto de ser capaces de dar con el punto G de la ópera, èsta seguirá sindo cara. Es por eso, por su supervivencia por lo que se hace imprescindible encontrar  caminos alternativos para su financiación. Caminos como las visitas, el merchandising, un tema que el Liceo tiene olvidado, optimizacion de los recursos existentes, ahí esta el Foyer lo que habia de ser una segunda sala polivalente y ahora, salvo escasas excepciones,  es una cafeteria incomoda, cara.  En esa optimizacion entra sin duda alguna la propia sala el teatro.

Hay mucho trabajo por  hacer en este mundo de la ópera y la cultura,  pero básicamente se reduce a dos cuestiones clave saber hacia donde vamos y cómo llegaremos allí.  Si asegurar la supervivencia de la opera pasa por Raphael, pues bienvenido sea. Si no te gusta con no ir acabas. Lo que me fastidia es que lo que realmente a demasiados no es que Raphael  cante en el Liceu, lo que molesta es su público, como si ellos por no saber distinguir entre Puccini y Rossini fueran menos dignos de sentarse en unas butacas; que al fin y al cabo son solo eso, butacas.

La confusión viene de que la ópera no es solo cultura ni musica, la ópera, y esto lo he podido comprobar en multiples ocasiones, tambien personalmente, la ópera tiene la facultad de despertar emociones y son esas emociones las que la han hecho sobrevivir más de 400 años.  Pues de eso se trata de que siga entre nosotros 400 años más y no dejemos que las emociones nos impidan ver la realidad, como que las butacas, siguen siendo solo eso, butacas.

 

 

 

Por si  queda alguna duda de que “los caminos de la ópera son inescrutables” me permito recomendar la lectura de un post que publiqué en el año 2008 su título era “El síndrome Pantoja” aprendí mucho de sus protagonistas.

 

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