Las bicicletas y Nina Stemme

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Ayer me atropelló una bicicleta, es la segunda vez que me pasa, la primera lo reconozco fue culpa mía.

Ocurrió en  la calle la Palla, una calle estrecha con el tráfico restringido cómo casi todas las calles que rodean la catedral.  Recuerdo que eran más o menos las doce de la mañana, y delante mío tenía dos señoras de edad avanzada  una arrastrando el carrito de la compra y la otra con su andador, yo tenía algo de prisa, y   no se me ocurrió otra cosa que adelantarlas, sin poner el intermitente ni mirar por el retrovisor, accesorios estos que como todo el mundo sabe son obligatorios para el peatón.

En esa ocasión fui a parar al suelo. Ayer, en cambio, el que fue al suelo fue él.  Él, su bicicleta, el transportin del niño, el niño, el carrito de la compra que llevaba enganchado a la bicicleta  y el perrito que iba en el cestito delantero.

A la velocidad del rayo, cosa que solo pueden hacer los que llevan una vida sana como se deducia del slogan en su camiseta “NO a los transgenicos” el hombre se levantó del suelo y rememorando a aquel Increible Hulk de mi niñez se iba poniendo verde de ira mientras me espetaba y esputaba toda clase de improperios.

Pero cómo se le ocurre salir de la tienda sin mirar – dijo de repente

En momentos cómo ese es cuando el estado de ánimo de uno mismo tiene un peso trascendental, porque yo podría  haber tomado una actitud cívica y recordarle amablemente  la normativa municipal sobre cómo han de circular bicicletas especialmente cuando lo hacen sobre las aceras o  podría haberle dicho que mi religión me prohibia mantener conversación con un sujeto con mallas y semejante casco  en la cabeza. También, claro está, podría haberme puesto a su altura y decirle que allí el único cabr… gili... era él por circular a toda leche por la acera y pegado a las casas teniendo cómo tenía no menos de cinco metros de acera y un carril bici en la misma calle.

Pero resulta que ayer yo me dirigia hacia el Liceu con el ánimo dispuesto para gozar de una gloriosa Nina Stemme en el papel de Salomé.  Por ese motivo mientras él seguía a lo suyo mi mirada se dirigió hacia el niño de unos tres años también con mallas y que en el casco llevaba una pegatina que  decía “No a los toros”, que apenas contenía el llanto

Oiga, perdone que le interrumpa pero el niño tiene una rascadita.

Y el furibundo ciclista dejó a un lado sus reivindicaciones y asumiendo sus responsabilidades como padre, levantó la bicicleta puso al niño en su sillita,  el perro en el cestito y salió pedaleando cual poseso, digo yo que hacia el hospital más cercano, eso sí por encima de la acera.

Les dejo con Nina Stemme.

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