Las Gafas

image-16Esta tarde he tenido que ir de urgencias a que me pusieran un tornillo, no en la cabeza de momento no me hace falta, aunque todo se andará, el tornillo que me faltaba era para las gafas.
Lo mio con las gafas empezó hace tiempo cuando se me planteó una duda existencial

“¿Esta es la bombilla de siempre?” pregunté “Y yo qué sé” fue la respuesta que obtuve de mi marido.
Substituyendo la bombilla de 60 por una de 100 fui tirando, al menos durante un tiempo, justo hasta que el portalámparas se quemó. Eso y el dejar bloqueado el móvil tres veces seguidas con la historia del PIN, fue lo que me llevó a pensar que aquel momento era tan bueno como cualquier otro para pasarme por la óptica. La verdad es que  por aquel entonces hacía tiempo que venia notando algo extraño. Mi brazo ya no era lo bastante largo como para sujetar el libro a la distancia adecuada, y de repente los fabricantes de yogures parecían haberse puesto de acuerdo para poner la fecha de caducidad cada vez más pequeña.
“Estas” dije señalando unas Gucci, que en palabras de mi amiga Maria José, no era bonitas, eran un amor. “Lo siento, pero esas no podrán ser” dijo el joven que me atendía y que hasta ese momento me había parecido de lo más simpático “son demasiado pequeñas para unas progresivas”.
Dos días después recogía mis gafas y la primera satisfacción la tuve nada más sentarme en el coche, porque yo soy urbanita de las afueras y dependo del coche hasta para comprar una aspirina. Por fin podía reconocer todos los simbolitos de los botones “Ostras pero si hasta tengo antiniebla”.
Estaba calculando cuantos meses hacía que tenía que haberle cambiado el aceite al coche, porque ahora veía el kilometraje, cuando por el retrovisor vi a una mujer haciéndome señas. “como poco está a quince metros” calculé con orgullo. “Hola. ¿Pero qué te has hecho? Estas guapísima” Las palabras de Carmen fueron inmediatamente ratificadas por Carlota, la farmacéutica “te sientan la mar de bien”.
Me resultaba tan estimulante recoger opiniones favorables a mi nuevo look que, a pesar de que no me hacía ninguna falta, pasé por la pescadería, la carnicería, y también por la mercería, el estanco y la oficina de correos.
Ante mis ojos se abría un nuevo horizonte, y nunca mejor dicho porque ahora lo veía; como también veía la nueva señalización de la carretera, que verla ya la veía antes, pero no había manera de leerla. Ahora podía leer incluso la pantallita del móvil y también el comprobante de la multa que me puso aquel agente cuando me pilló in fraganti, teléfono en mano, diciéndole a mi hija que por primera vez en mucho tiempo, podía ver la hora en el reloj.
Así de feliz y satisfecha llegué a casa, con la seguridad que te da el acertar el ojo de la cerradura a la primera.
Con tanto paseo, y tanta charla me habían entrado unas ganas de ir al baño tremendas, y allí fue donde, una vez satisfechas mis necesidades más perentorias y después de reponer el papel, que para mí que en casa se creen que se pone solo, me lavé las manos y al levantar la vista y mirarme en el espejo el mundo se me vino encima.
“¿Mamá y las gafas?” preguntó mi hija a la hora de cenar mientras, cómo ya era costumbre, servía la sopa fuera del plato. “En el baño” respondí “Es que me dan dolor de cabeza” mentí.
Y es que en realidad el problema de las arrugas, no es tenerlas, sino verlas.

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