Un euro en el bolsillo

La dirección del Gran Teatre del Liceu siempre atenta a las necesidades de sus voluntarios, hace tiempo puso a nuestra disposición unas taquillas donde poder dejar: el bolso, el periódico y apretando un poco la máquina de fotos. Todo lo demás, el abrigo, el paraguas, las coliflores que has comprado en el mercado, todo eso hay que dejarlo colgado. Para utilizar tan amplia taquilla necesitas un euro, lo más normal es que al marchar, con las prisas, abras la taquilla recojas tus cosas y hagas un poco más feliz al próximo usuario que se encuentra el euro que tú has olvidado. Eso me ha pasado no una sino muchas veces. Últimamente, haciendo un gran esfuerzo he conseguido acostumbrarme a ponerlo en el bolsillo. Pero el resultado casi siempre es el mismo. El euro nunca llega a casa.

En más de una ocasión he hablado de mis experiencias vitales en el tren de cercanías, unas experiencias que casi siempre van ligadas a la música, lease el sujeto del acordeón, el sucedáneo de Armando Manzanero.
El miércoles en la estación de el Clot subió un señor violín en mano. ¡Horror!.
Cuando mis hijos eran pequeños quise que aprendieran piano, resultado. Ahora el piano lo llevamos a medias el gato y yo, él con las patas y yo con el plumero. Recuerdo aquellos festivales de fin de curso, el consabido minuet de Mozart o el Claire de lune de Debussy (Dios! cuantas veces me tragué el dichoso Claro de luna) Pero bueno cuando eres padre has de aguantar eso y más, pero no puedo quejarme porque no todos los instrumentos musicales dan el mismo juego.
El violín no funciona igual, aun recuerdo aquella probre madre de cinco hijos casada con un violinista quién tenía como máxima aspiración que alguno de sus retoños siguiera sus pasos. El problema es que violin no és como el piano que tocas la tecla y suena, otra cosa es como esa nota ligue con la siguiente tecla, en eso mi gato tiene aun mucho que perfeccionar. Para conseguir una nota de un violín han de pasar muchas muchísimas horas de aullidos y gemidos de las cuerdas.
El trayecto entre El clot y Sant Adriá es el más largo de mi recorrido, tenía motivos más que suficientes como para asustarme. Pero cuando las puertas del tren se cerraron se produjo un pequeño milagro.

Tras los cristales  el paisaje era el mismo de siempre, polígonos industriales, el nada lujoso barrio de la Mina todo bajo un cielo gris y nuboso, el escenario perfecto para las melancolicas notas que Shubert escribió hace ya mucho tiempo.
Sentados frente a mi había un matrimonio norteamericano acabados de aterrizar con sus maletas y su el jet lag colgando de las ojeras. Salvo que el jueves algun ratero les robase la documentación estoy segura de que en ese mismo instante pensaban que las ocho hoaras de vuelo habían valido la pena.
Al llegar a Sant Adría, mi músico siguió tocando, no había acabado la pieza y los viajeros antes de dirigirse hacia la salida mayoritariamente se acercaron a él y echaron unas monedas incluso billetes en la caja del violín.
Ese día el euro no volvió a casa.

Hasta mañana

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