Un conejo de la muerte o la muerte del conejo

Porque el principio básico de este plato es que el conejo, principal protagonista del evento esté muerto, así que todos aquellos que tengan un conejo como mascota  será mejor que se abstengan porque esta receta les sonaría igual que a mi la del Ragout de Bobtail.

Dicho esto pasemos al asunto.

Dicen los que entienden, que el conejo es una carne muy sana, porque es baja en colesterol, eso dicen. Yo lo que sé es que es barata, un incordio para comerla, porque claro los conejos tienen el problema que son pequeños y llenos de huesecillos; como dice mi hijo son el pescado de la carne, más que nada por lo laborioso.  Pero tampoco vamos a estar comiendo pollo cada día y menos ternera,  principalmente porque la ternera de aquí es como para llorar. Qué envidia me dáis los que estáis allá por la Argentina.

Cójase el conejo, yo suelo comprar bandejitas de muslitos que dentro de lo que cabe tienen más carne y menos hueso, y procédase de la siguiente forma. Colocáis el bicho en un bol y lo cubrís (más o menos) con vino tinto (puede ser cualquiera y si está un poco “picado” también vale) y OJO AL DATO (este es el toque creativo del asunto) una tacita PEQUEÑA!!!, de vinagre de módena. A que esto no os lo esperabais. Conste que el invento no es mío, me lo pasó la abuela de mi yerno, y con estas referencias la cosa ya promete.

Lo dejáis allí un par de horas o de un día para el otro aún mejor. Escurrís el conejo, pero no tiréis el adobo, pasáis el conejo por harina y lo freís. Los “expertos” dirían que en una sarten con abundante aceite, yo voy por el atajo, saco la freidora y acabo. Lo freís sin pasaros que la harina forme un poco de costra y tomé un poco de color.

Rehogáis un par de cebollas o … yo de vez en cuando me da por la cebolla y pelo un montón, las pongo en una cazuela y las hago todas de golpe, las pongo en un pote y a la nevera, que vas a hacer un sofrito, ya tienes la cebolla casi hecha, que quieres caramelizarla, la pones en la sarten con un poco de azúcar y ¡OH Maravilla!…

Cuando las cebollas esten, añadís el liquido del adobo (vino y vinagre de módena) lo dejáis que se haga un ratito y  OJO AL DATO, sí como yo tenéis la costumbre de tomar cocacola y resulta que tenéis una por allí a la mitad y con tanto trajín se os ha calentado y ya no apetece, pues directamente a la cazuela, con media ya vale, lo dejáis un ratito al fuego sin que llegue a herbir, y si hierbe tampoco pasa nada salvo que se os pegará y os costará más limpiar. Y ya está.

Ahora solo falta meter el bicho, ya frito, en una fuente de horno, lo remojáis con esa especie de salsa suigeneris que me acabo de inventar, y en cosa de media hora a unos 160 grados acabará con la pinta que veis arriba. Mejor que lo “remojéis” un par de veces mientras está en el horno, echarle toda la salsa de golpe no queda demasiado fino.

Que aproveche

Una cosita más, insisto en que esto no es un blog de cocina; esta la he puesto pensando en mi cuñado el de Santander que es medio marujón y me consta que sufre en propias carnes aquello de… y hoy que hago para comer… Pues mañana ya saber, conejo.

Hasta mañana.

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