A toda vela - 24
Topic: La lectura del verano|- ¡Un barco!
Llevábamos algo más de tres horas prisioneros de la más absoluta oscuridad cuando Ana vio una luz brillar en el horizonte.
- ¡Rápido, las bengalas! – gritó José Carlos
Y ahora sí que estoy en disposición de afirmar que las bengalas no son como los yogures.
José Carlos encendió una bengala, emocionados la vimos elevarse, uno, dos, tres cuatro y cinco metros pero antes de llegar a la altura del palo, se dio media vuelta y se nos vino encima.
- ¡La puta!.
Fue una suerte que no cayera sobre el barco. Pero aquella noche en medio de un festival de humo y llamas vimos morir a nuestra querida Eugenia. Pero su sacrificio no fue en vano porque dos horas más tarde llegaba a nuestro costado el Baldufeta III, patroneado por Ventura, un hombre prudente como pocos que y siempre estaba ojo avizor. Gracias a él y su completo arsenal de herramientas pudimos reemprender la marcha. Cinco horas después llegábamos a Andratx, solos, porque el Baldufeta III de los cuatro nudos no pasaba y eso contando con viento y mar a favor.
Cuando aún no hacía seis horas que estábamos fondeados, se levantó una tramontana de las que dejan recuerdo, y en pocas horas el gran puerto natural del noroeste de Mallorca se llenó de barcos de todos tamaños y nacionalidades con un único objetivo, protegerse del temporal que duró dos días con sus correspondientes noches a los que hay que añadir dos más para que bajase el mar de fondo.
Sin Eugenia para desplazarnos y ante la imposibilidad de entrar a puerto que, como siempre, estaba a reventar, parecíamos condenados al más total y absoluto aislamiento; pero ahí estaba Ventura, casualmente fondeado a escasos quince metros de nosotros.
- ¿Necesitáis algo? Si queréis bajar a puerto, solo tenéis que decírmelo. ¿Queréis que os tire la basura? ¿Necesitáis pan?
- Pesao que es ese tío. ¡Ventura! Necesito ir a comprar tabaco.
- ¡Voy!
Apenas sacábamos la nariz en cubierta Ventura ponía en marcha el motor de su barquita y allí lo teníamos; dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, lo teníamos a él y también a Dolores, su mujer.
Ventura y Dolores eran una pareja muy unida, juntos habían subido el Canigó, en aquellos tiempos que repartían su vida entre el pisito de Sants y la tienda de campaña, después fue la caravana. Con la Baldufeta II, así la llamaban, recorrieron media Europa, siempre juntos. Y juntos seguían ahora en el barco y también en la auxiliar.
La situación casi carcelaria en que vivíamos elevaba la tensión y cómo es normal José Carlos fumaba más que de costumbre; cada dos por tres tenía que bajar a por tabaco, a tomar un carajillo, un cubata, cualquier excusa era buena para salir del barco. Mercedes cuando no se tenía que depilar las piernas, quería ir a la peluquería o a comprar un pareo. De quedarse sola en el barco, Ana ni hablar y yo menos.
Las dimensiones de la barquita de Ventura no eran las idóneas para transportar seis adultos y por ese motivo viajábamos de pie. Lo que acabó por convertirse en uno de los espectáculos favoritos de nuestros vecinos, que sin ningún recato cruzaban apuestas acerca de nuestra estabilidad.
Un día tuvimos la mala fortuna de cruzarnos con otra barquita, algo mayor, no mucho, que la nuestra. José Carlos perdió el equilibrio y no se le ocurrió otra cosa que agarrarse a Mercedes quien siempre tan distinguida, reaccionó soltándole un codazo. Lamentablemente en su trayectoria ya no estaba el estómago de José Carlos sino mis costillas. Ana, al ver que me doblada de dolor, quiso socorrerme y al hacerlo provocó un repentino desplazamiento de la carga hacía el costado de babor, que Dolores quiso compensar inclinándose hacia estribor, al más puro velero de competición. Ventura que bebe los cielos por su mujer, pensó que como estaba con la regla y suele tener la tensión baja, quizá sufría un desmayo y sin pensárselo dos segundo, porque si lo hubiera pensado se hubiera quedado quieto, corrió a socorrerla; lo de correr es un decir, claro. El resultado fue que instantes después estábamos todos en el agua, recibiendo los aplausos de unos alemanes que por los gestos, parecían haber ganado la apuesta que mantenían con unos italianos.
Por fin llegó el día en que viento y mar encalmaron y con la calma llegó el momento de partir. Pero el viaje de regreso tenía dificultades añadidas. Todo lo que tenía algo que ver con la electricidad había quedado fuera de servicio, eso incluía, además de la nevera, todo el equipo de navegación, piloto automático, y demás artilugios náuticos. Eugenia era un recuerdo y el equipo de emergencia inexistente.
En estas condiciones, lanzase a mar abierto habría sido una grave imprudencia que solo alguien con dos dedos de frente incapaz de ver mas allá de la coronita de su Roles sería capaz de cometer.
Estaba sentado en la popa pensando cómo disuadir a José Carlos de semejante disparate cuando escuche la amigable voz de Ventura.
- Hola Miguel. Tenéis basura. Esto, perdona, os quería pedir un favor. Es que como mi barco es tan pequeño y el mar tan grande. La verdad, es que no me gusta hacer la travesía solo, y si no os importa me gustaría con vosotros. En el mar pueden pasar muchas cosa y más de noche.
Esta última frase me reconfortó, por una vez parecía que había elegido el compañero adecuado. Me costó un poco convencer a José Carlos de la conveniencia de viajar con Ventura
- Qué querías que hiciera el hombre ha insistido tanto, y recuerda que nos hizo un gran favor allí en medio. Comprende que ir con el cascarón ese, debe acojonar…
- Bueno vale, pero conste que me toca mucho los huevos.
- Esto por cierto, he quedado que irá él delante.
- ¡¿Qué?!
- Si hombres es para no perderlo.
- Manda guevos. Mira ya te espabilaras yo no quiero saber nada, en cuanto salgamos me meto en la calma y no me despiertes hasta que estemos en El Masnou.
Después de cargar bebidas y bocadillos en cantidad y repartirnos una maravillosa tortilla de patatas hecha por Dolores, a eso de las nueve y media de la noche nos hacíamos a la mar.
El Baldufeta III, patroneado por Ventura abría la marcha y nosotros detrás bostezando, porque marinero, lo que se dice marinero el Baldufeta III lo era y mucho, pero lento también.
- Y dices que ese tío lleva equipo de navegación.
- Me ha dicho que es infalible.
- Coño debe ser un 1.AZ38. A saber de donde ha sacado el dinero para comprárselo. ¿A qué dices que se dedica?.
Al poco de salir a mar abierto el Baldufeta redujo la poca velocidad que llevaba y nosotros, pensando que tenía alguna dificultad nos pusimos a su costado.
- ¿Algún problema!?
- No, nada- contestó Ventura que estaba subido a la popa, justo detrás del estay, con un ojo cerrado y el otro abierto mirando en dirección al mástil. Dolores estaba en la caña del timón mirando a su marido con una mezcla de atención y veneración.
- Nena un poco más hacia babor. Un poco más. Más. ¡Así!.
Y Ventura saltó a la bañera, cogió una cuerda que tenía ya preparada sujeta en el pasamano y la ató a la caña firmemente, después hizo lo propio con otra que tenía en el otro costado.
- Ya está.
- Ya está ¿el qué?.
- El rumbo fijado
José Carlos se dio media vuelta y en toda la noche ya no se dejó ver.
Para Ventura navegar era algo tan simple o difícil como buscar la polar, atar la caña y ponerse a cenar. A su popa un velero de narices equipado con un sofisticado e inservible sistema de navegación que constaba un huevo seguía su estela haciendo el curricán.
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Tags: Libros


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