A toda vela - 22
Topic: La lectura del verano|
Ana y Mercedes estaban aun en las duchas y tenían para rato. Para matar la espera José Carlos entró en la cabina, dejando sus huellas impresas sobre la cubierta acabada de fregar, y al poco, justo cuando acababa de sacar las marcas de sus pisadas salió de nuevo con dos cervezas en la mano.
- Miguel que te parece si mientas esperamos que las señoras acaben, aprovechamos para pasar cuentas.
De no ser porque casi no había comido, seguro que aquella sorprendente proposición, aquella repentina magnificencia, aquel alarde de generosidad me habrían cortado la digestión. En aquel momento recuperé la fe, por fin Dios parecía haber escuchado mis plegarias. José Carlos quería pasar cuentas.
Como flotando en una nube corrí a mi cabina donde, como buen empleado de la Caixa, guardaba una libreta donde había registrado todos, absolutamente todos los gastos, desde la tienda de Masnou, de tan amargo recuerdo, hasta el palo de la fregona, pasando por las dos correas, la grúa de Pollença, los nueve enchufes, el alargo, las 18 conexiones de manguera, mosquetones, amarres, cervezas, tabaco, croissant hasta el pollo a l’ast de Cala Vedella estaba allí convenientemente contabilizado; todo estaba en mi libreta.
- En total 6.482 euros con 46 céntimos.
- Me parece que te has dejado algo.
- El ¿qué?
- La caldereta de Pollença.
- No, no déjalo. Eso invito yo.
- Ni habla, tú aquí eres mi invitado, mi compañero de viaje y entre compañeros se comparte todo. Resumiendo que sobre unos 3.000 euros…
- 3.241 con 23 céntimos. Para ser más precisos.
Con sus manos perfectas sin una pequeña dureza ni una diminuta brizna de suciedad bajo las uñas, José Carlos sacó del bolsillo una magnifica cartera hecha con la piel de algún animal con más pedigrí que una vaca, de donde sacó un talonario nuevo a estrenar de la Banca do Spirito Santo del que extendió un talón por #tres mil doscientos cuarenta y un euros con veintitrés céntimos#.
- Oye, te lo hago barrado. Solo por más seguridad.
- Si, si. Por mi cómo si quieres ponerlo nominativo.
Por la noche cenamos en un restaurante de la parte antigua y de allí a una discoteca y a otra y a otra. En todas la escena era la misma, José Carlos al volante de con aquel monstruo de cuatro ruedas que maltrataba más que conducía, llegaba a la puerta de la discoteca y ante el asombro, y pánico de los allí presente, hacía chirriar las ruedas. Después con una agilidad que no se consigue gestionando hipotecas, saltaba del vehículo, lanzaba las llaves al portero de turno y para adentro, sin colas, sin seguratas y por supuesto sin pagar.
- Miguel en esta vida todo es cuestión de apariencias
Y mientras lo decía con su sonrisa resplandeciente, que bajo las luces de la discoteca tomaba un extraño brillo, me iba dando golpecitos en el hombro, unos golpecitos que no sé porqué yo sentía más abajo, justo donde llevaba que contenía aquel talón de 3.241 euros con 23 céntimos de la Banca do Spirito Santo.
En la tercera discoteca Ana y yo pedimos un taxi y nos fuimos a dormir.
continuará…

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Tags: Libros

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