A toda vela - 19

Topic: La lectura del verano|

Formentera, en verano, es poca isla para demasiada gente. El puerto de la Sabina, que es como un dedal, estaba lleno a reventar. Después de negociar con un marinero muy amable, que por serlo no nos cobró ni un céntimo de más, amarramos al final de un pantalán.
En Formentera hicimos lo que hace todo el mundo, alquilar una moto y dar una vuelta por la Isla. En el puerto bajo un sol agobiante dejamos a Mercedes y a José Carlos con tres botes de Aftersun.
Ana y yo pasamos el día dando tumbos por la isla. Nos enamoramos de la playa de la Sabina, su arena blanca, los tamarindos que crecen agazapados tras las dunas, los pinos que miran al suelo para no avergonzase ante el espectáculo de colores que el mar dibuja en aquella isla hecha de belleza. Belleza que no consiguen estropear, y eso que empeño le ponen y mucho, los miles de turistas que como nosotros corren arriba y abajo, con sus motos, todoterrenos o bicicletas.
Después de comer una magnifica, por sencilla, paella, en el limite de las dunas, montamos en la moto y retomamos el camino del puerto. Allí vimos a Mercedes sentada en el bar del puerto tomando un te con cara de pocos amigos. En el barco encontramos la respuesta a su mal humor.
- ¡Hombre mira quien está aquí!. Bueno, estarás contento. Esta vez te has lucido. Mira como me están poniendo el barco.
José Carlos fregona en mano y pareo al cinto estaba en pie en el pantalón mientras unos chiquillos rubios atravesaban la cubierta del Escándalo debidamente pertrechados con sus cañas, anzuelos, linternas y cebo. Cebo compuesto de gusanos, como los que quedaron esparcidos sobre la cubierta del Escándalo cuando el pobre Didier, el más pequeño, tropezó con la cerveza que José Carlos se estaba tomando y que también acabó rodando por la cubierta, esparciendo su contenido desde la proa hasta el obenque.
- Así llevamos todo el día.
El marinero, que tan amablemente, nos había dejado amarrar al final del pantalán era tan amable que había hecho lo propio con el Purtzel una extraña bañera de hierro, de unos siete metros de eslora y dos palmos más alta que el Escándalo; un autentico cascarón de hierro, sin más comodidad que dos sillas de madera, entre las que se situaba un pequeño cañón, como los de los grandes buques de la armada inglesa pero en pequeño y a su lado el mástil, porque el Purtzel tenía bandera y menuda bandera. Justo en aquel momento, Herr Wöller y Fran Wöller procedían a la ceremonia de arriar la bandera, al son del himno nacional que sonaba en un radiocasete de cuando Nino Bravo.
Pero es que además del Purtzel, el marinero había dejado amarrar junto al Purtzel, a la Vendette, un barco francés de nueve metros, en el que viajaban un matrimonio, sus tres hijos de dos, cuatro y seis años, el perro de nombre Beaujolais y los abuelos.
- Toma – dijo poniendo la fregona en mis manos y desapareciendo en el interior de su cabina, justo por donde pasaban los pequeños Hervé.
A la mañana siguiente cuando el pequeño Didier paseaba por cubierta con biberón en la mano y Herr Wöller y Frau Wöller hacían los preparativos para izar la bandera, José Carlos apareció en cubierta con una gorra de San Francisco 49niners.
- Nos vamos a Espalmador.
Sin perder tiempo en tonterías como desayunar, antes de las nueve ya estábamos todos a punto para la marcha, incluidos los Hervè y los Wöller que sostenían las amarras para desplazarse en cuanto el Escándalo dejase el espacio libre.
- ¿Preparados? Pues, Hala vámonos.
José Carlos dio al contacto y como había pasado en Pollensa el ñiiic, ñiiic no vino seguido del conocido ñaaac, ñaaac.
Mientras José Carlos salía a la busca y captura de un Miranda o algo que se le pareciera, Herr Wöller, que durante la guerra había sido mecánico de tanques y después montador en la Wolkswagen se ofreció a echar un vistazo. Meterlo en el espacio entre la nevera y la escalera, costó no pocos esfuerzos, porque Herr Wöller era una representación tridimensional de eso que se conoce como la gran Alemania. Tras observar detenidamente el motor dio su diagnostico.
- Nein, caput.
Diagnostico que fue ratificado por Monsieur Hervè y un sueco que no sé porqué también se metió en el barco.
Como fuera que la cosa pintaba mal, Anna y yo volvimos a alquilar una moto y desparecimos hasta pasadas las ocho de la tarde.
Cuando por fin, dos días después, llegó la nueva correa, Herr Wöller y Monsieur Hervè contando con el apoyo moral del dueño del barco, montaron la pieza y poco después el motor del Escándalo se ponía en marcha.
En agradecimiento, aquella noche, Anna hizo una paella francamente buena a tenor del precario instrumental de que disponía. El Purtzel era como una especie de barril de cerveza, tanto por su forma como por la cantidad de botellas que salieron de su interior.; y José Carlos encontró, en aquel hombre que sabía tanto español como él alemán, su paño de lagrimas y en un mano a mano se cascaron dos cajas de cervezas. En agradecimiento por la agradable velada los Wöller nos regalaron una jarra de cerveza y doce latas para estrenarla, de las que José Carlos se hizo depositario. Los franceses nos dieron su dirección, por si algún día pasábamos por Marsella, donde tenían un pequeño restaurante.
La verdad me dolió dejarlos allí con sus pañales y su bandera pero el calendario seguía adelante, y empezaba a ser hora de pensar en el regreso, un viaje que pasaba por una, llamémosla, escala técnica en Ibiza y otra curativa en Espalmador.
Continuará…

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