A toda vela - 18

Topic: La lectura del verano|

Tras la mejor noche en muchas noches, por fin parecía haberme llegado la hora de hacer lo que siempre había soñado, lanzarme al mar desde un velero para sumergirme en las cristalinas aguas de una cala iluminada por el frágil sol de una mañana de verano.
Dicho y hecho salí a cubierta, llené los pulmones y me tiré al agua..Con un estilo perfecto, que de pequeño a punto estuvo de hacerme ganar una medalla en los campeonatos escolares de los Padres Escolapios, me fui alejando del barco. Después hice el muerte dejando que mi cuerpo flotase tranquilamente en el agua, me gustaba sentir como mis piernas se iban hundiendo en aquel mar maravilloso hasta encontrar su justo punto de equilibrio. Nada de prisas, todo tranquilidad y calma. Media vuelta unas cuantas brazadas más y otra vez a hacer el muerto. La esencia de la felicidad.
Todo era tal como lo había soñado, el cielo, el mar y en medio yo, sin ningún problema, con una única idea en la cabeza, disfrutar de aquel instante mágico que era mío, solo mío. Ana me miraba desde cubierta peinándose, a ella también se la veía tranquila, relajada y casi diría que feliz.
De repente la voz de José Carlos, más áspera que de costumbre, irrumpió en escena y todo el encanto se fue al carajo.
- ¡Ojo que cago!
El grito vino acompañado por el inconfundible ruido de la bomba del water, y de muchas otras que en el mismo momento y en la misma cala se habían puesto en marcha mientras yo nadaba.
- ¡Miguel! – gritó Anna que desde su posición veía con toda claridad mi apurada situación amenazado por una flota de pequeños objetos orgánicos flotantes seguidos por una cohorte de famélicos pececillos se dirigían hacia mi.
- ¡Quieto! No te muevas. No. Mejor corre. Si, si Corre, corre, ve hacia la derecha.
- ¿La tuya o la mía?
Ana intentaba guiarme en aquel mar de detritus internacionales, porque a la hora de cagar, cagamos igual los catalanes que los alemanes.
- La tuya, ¡no no!, quiero decir la mía. No, la tuya. Ay no lo sé. Miguel por Dios. Cierra la boca.
Por suerte la voracidad de aquellos pececillos era tal que en pocos instantes las aguas volvían a estar tan limpias como minutos antes. Pero yo le cogí tal asco que me faltó tiempo para subir al barco. Con un somero cálculo tuve claro que si cada barco, por lo general, disponía de un solo aseo, pero más de un ocupante, eso significaba que pronto habría una segunda y tercera andanada.
Cuando llegué a la bañera, agotado por el esfuerzo, me encontré de cara con la panorámica de un José Carlos de sonrisa esplendorosa que por toda indumentaria llevaba un Tah Heuer y sus Rayban luciendo orgullo su pecho, brazos, piernas y sobretodo cara, bronceados y en medio, como para que quedase patente su presencia, aquel pellejo blanco.
- Si señor. Esto es Ibiza.
Y dicho esto se lanzó al agua dejandome ver su níveo trasero.
- Joder. No hay nada como bañarse en pelota picada.
A eso de las once empezaron las clases de esquí en la playa y con ellas las olas que cada diez minutos provocaba la lancha a su paso, Pero fuera porque ya me había acostumbrado al vaivén o porque tenia el ánimo bien dispuesto, lo cierto es que pronto ni las notaba. Busqué un rinconcito sombreado en cubierta cogí mi libro de náutica y allí pasé el día sentado, leyendo y echando cabezadas. Esa fue todo mi actividad durante aquel día, salvo claro está, el ratito de comer un par de baños y poca cosa más.
Anna cuando no estaba en el agua se entretenía ahora con un libro, ahora con el punto de cruz, pero sin perder de vista los barcos que arribaban, poniendo mucha atención a dónde, cuando y cómo echaban el ancla.
Mercedes, siguiendo las costumbres de la zona, prescindió de todo su repertorio de bikinis, tangas y otros y se pasó el día tumbada al sol, luciendo un bronceado perfecto sin una sola marca, llevando por todo vestuario el Rolex y ocho pulseras.
- Un fondeo perfecto, Miguel. – fue el único comentario de José Carlos.
Las cervezas y dormir la cogorza parecían haber renovado sus energías. José Carlos tenía el día activo.
Empezó con unas “brazadas”, hasta la otra punta de la cala, siempre con el culo a ras de la superficie. Después a media mañana, bajó a la playa a dar una vuelta con los esquíes, esta vez se puso el bañador. No tenía mucho estilo pero la vuelta la dio.
Pero ya he dicho que tenía el día activo y justo antes de comer realizó una larga sesión de pesas en cubierta. Por la tarde, después del café, sin concederse un respiro para la siesta, se puso las aletas, el tubo, la careta y se fue a bucear. Estuvo unas tres horas, más o menos, siempre en “pelota picada”.
Cuando volvió, en la playa solo quedaban una familia española y un grupo de jóvenes ingleses haciendo el gilipollas con un colchón hinchable.
- Qué gozada – dijo mientras cogía una toalla - ¡La Hostia! – gritó dando un respingo cuando la toalla rozó, solo rozó su sacrosanta posadera.
José Carlos tenía un problema.
- ¡Coño! Mercedes, que está muy frío. Joder, ve con cuidado. Que esto duele.
- Mas que debiera dolerte. Se ha de ser burro. Pero a quien se le ocurre pasarse el día con el culo al aire. Como se puede ser tan burro, pero es que ni te has puesto crema.
- ¡Mercedes!
El proceso evolutivo del culo de José Carlos fue del rojo carmesí, al despellejamiento integral, pasando por la dolorosa etapa de las ampollas y su posterior reabsorción. Hasta que José Carlos pudiera volver a ponerse pantalones pasarían unos días.
En atención a su delicado estado Ana y yo nos hicimos cargo de todo. Pasamos un día fondeados en San Antonio, donde cargamos agua, gas-oil y comida.
- No os olvidéis de mis yogures de soja.
Pasada la isla de Conillera, sin pedir opinión a nadie, hicimos noche en Cala Vedella, un sitio encantador, tanto que aquella noche Ana y yo, cogimos a Eugenia y cenamos en un pequeño restaurante de la playa decorado con mesas de formica, mantelitos a cuadros y sillas de paja. Allí nos zampamos un sargo acabado de pescar, nada complicado, solo pasado por la plancha con un poquito de ajo, perejil y un buen chorro de aceite, una ensalada, unas patatitas al horno para acompañar y de postre helado. De vuelta les llevamos un pollo a l’ast. Lastima que como a Eugenia le entraba agua por un lado, el pollo les llegó un poco pasado por agua.
Y mientras tanto José Carlos adicto al Aftersun.
- ¡Mercedes, ya vale no!. Me haces daño a proposito.
- No cariño no.
continuará…

Support independent publishing: buy this book on Lulu.

If you enjoyed this post, make sure you subscribe to my RSS feed!

Tags:

Related posts


 

 


Leave a Reply