A toda vela - 17
Topic: La lectura del verano|
A medida que avanzaba el día, el calor iba en aumento. Mercedes, al igual que las lagartijas, permanecía estática en su parcela en cubierta, alimentándose de sol y crema hidratante. Ana se puso un sombrerito pero el sol era tan fuerte que finalmente optó por meterse dentro. Yo, como no me fiaba un pelo, me quedé en cubierta, pero eso sí debajo de una especie de barraca que monté con dos toallas y unas cuantas agujas de tender. El único que no parecía tener problema con aquel sol implacable era José Carlos, quien, sin las Ray ban por aquello de que no le quedara marca, ni sombrero porque según decía el sol daba una tonalidad especial a su cabello, le daba caña al timón y a la cerveza.
Cerveza va y cerveza viene, fueron cayendo, primero las alemanas, después las danesas y finalmente las irlandesas. Acompañando la bebida con un amplio repertorio musical constituido por una selección de boleros, un recopilatorio exhaustivo de habaneras que completó con un antología de la zarzuela. Desde “La verbena de la paloma”, hasta “el huésped del sevillano”. Precisamente fue en el último compás de la famosa romanza “… mi fiel espada triunfadora…” cuando José Carlos se dio cuenta de que había acabado con la última cerveza.
- Cagon las pelotas de mobidic – y dicho esto cayó fulminado al suelo.
Le eché agua en la cara, le dí bofetadas, puede que hasta demasiadas, le pellizqué los pies. Pero nada José Carlos no reaccionaba. En eso pasa Mercedes, que en aquel preciso instante daba por terminada su jornada laboral, quien al verlo dijo:
- No te esfuerces, éste hasta mañana no se despierta.
- ¡Qué! No. No. José Carlos despierta. José Carlos, ¡Coño! no me hagas esto que estamos en medio del mar. ¡José Carlos despierta de una puta vez ! que no se donde cojones está Ibiza. Señor, esto no me puede estar pasando. ¡José Carlos que no tengo ni idea de navegar!.
- Él tampoco – dijo Mercedes
Ana y yo nos miramos con estupor, aquellas palabras me habían dejado helado
- ¿Qué quieres decir?
- Pues eso que José Carlos no tiene el título. Y no será porque no lo haya intentado. Que yo sepa se ha examinado en Peñiscola, La Coruña, Vilanova, Santurce… allí le fue fatal casi le pegan, quiso sobornar al examinador y los vasco, ya se sabe que son muy suyo. El año pasado fue a Cádiz, pero nada, que no hay manera. Pero si es que cada vez traza un rumbo va a parar al mismo sitio. No sé que fijación tiene con Guadalajara.
- La madre que lo parió.
- Miguel ya está bien, deja de decir palabrotas.
- Mira Ana déjame que este no es el momento. Ya me dirás qué hacemos ahora. No ves que estamos en medio del mar y no tenemos puñetera idea de qué hacer ni adonde ir.
- bueno tampoco es eso – dijo Mercedes mientras saboreaba una barrita de muesli con ciruelas - Yo del motor no quiero saber nada, porque…. Bueno porque no. De las velas tampoco, porque me podría romper una uña, ahora por lo que hace al la pantallita esa de abajo y el piloto automático no creo que sea muy difícil.
- Pero ¿tu entiendes de eso?.
- No pero tengo una thermomix y juego al bridge por Internet.
- ¿tienes una thermomix? – preguntó Ana- que inmediatamente perdió todo interés por nada que no fuera la crema de yogur con mora - Oye que tal va eso
- Criatura ¿pero tu no tienes una thermomix?
Mientras ellas en el interior del barco confraternizaban alrededor de las 8 velocidades de aquel engendro culinario, yo, y solo por si acaso preparé un pequeño equipo de emergencia, que puse en una bolsa impermeable bien sujeta en la popa, para en caso de emergencia saltar a la Eugenia que juntamente con las bengalas caducadas desde hacía cinco años, y los dos únicos chalecos salvavidas uno enmohecido y el otro deshilachado constituían todo el equipamiento de emergencia de el Escándalo. Equipo compuesto por unas cuantas botellas de agua, 8 latas de atún, toallas, crema para el sol una linterna, tijeras, alcohol, un paraguas y las galletas de Sigüenza.
Para ahorrarnos problemas recogí la Génova y puse el motor en marcha. Al poco Mercedes y salieron de la cabina, instalaron el piloto automático.
- Y ¿solo en tres minutos?
- Si. Y la crema de calabaza en 2.
- Increíble.
Casi al instante el piloto se hizo cargo del gobierno del barco. Con todo más o menos bajo control entre los tres cogimos a José Carlos y lo desplazamos a la amura de babor, más que nada porque con el allí en medio no podíamos abrir la mesa donde Ana sirvió la tortilla de patatas, el pan con tomate y una nueva barrita de muesli.
- Bueno esto parece que funciona. En cualquier caso por ahí delante seguro que hay tierra, sino es Ibiza, será Valencia o alicante, ya veremos. A algún sitio llegaremos. Bueno, yo me voy a la cama, cuando lleguemos, sea donde sea, no me despertéis que todo esto lo tengo muy visto.
En medio de una sensación de calma y tranquilidad, casi olvidada, Ana y yo nos quedamos en cubierta, contemplando el cielo estrellado y los casi imperceptibles reflejos del mar.
A eso de las 11 nos rebasó una gran motora, poco después otra, y otra. Hasta un total de veinte barcos de distintos tamaños pasaron por nuestra borda, a los que hay que sumar las lucecitas que tanto por babor como por estribor se adivinaban en la distancia. A eso de las 2 Anna divisó una luz en el horizonte, el problema ya no era llegar a Ibiza sino saber si cabríamos.
Después de algún momento de nerviosismo para encontrar la entrada a la cala por fin a las cinco de la madrugada echábamos el ancla por la borda sin mirar mucho donde ni como lo hacíamos.
- Bajas a dormir?
- Si, en un momento.
A mis pies tenia a José Carlos, roncando como un cosaco, que no se como roncan pero debía ser algo impresionante, el pelo pegado por la humedad de la noche, la barba entrecana, y un moretón en la mejilla, fruto seguramente de mis múltiples intentos por despertale. De buena gana le habría dado otra vez, pero entonces levante la vista y vi la superficie negra con destellos de plata de la mar en calma, sobre la que se reflejaban las luces de innumerables barcos que se mecían suavemente sobre ella. Al fondo las luces de los hoteles y apartamentos y por encima la silueta oscura de las montañas recortándose sobre el el cielo estrellado de una noche sin luna. Entonces vi pasar una estrella fugaz y una vez vista, me fui a la cama.
Continuará…

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Tags: Libros

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