A toda vela - 16

Topic: La lectura del verano|

Ana y yo pasamos la noche sentados en la popa con el bichero en la mano viendo como una vez y otra el timón rozaba las rocas. La mirada de Ana parecía decirme. … ¿qué mal habré hecho?…. Llevábamos seis días sin apenas dormir, sin poder tomar un baño como Dios manda y para acabar de arreglarlo desde la sopa de pan a precio de caldereta que no cagaba.
Mientras yo sufría porque que Carmencita no se perdiera, porque nadie nos abordase, porque el ancla se estuviera quieta, porque Eugenia no se fuera de picos pardos, porque el barco no embarrancase, el dueño de la caña, el ancla, la barca, el timón y el velero entero dormía en el hotel tranquilo y seco.
Aquella noche entre sacudida y sacudida le estuve dando vueltas en la cabeza al asunto y al final llegué a la conclusión de que la única razón para que yo estuviera allí era para pagar.
Al alba con la relativa calma del mar me dormí. Pero poco antes de las ocho Ana me despertó asustada.
- Miguel. ¡Mira!.
Con los ojos aun turbios vi que tanto el francés como el italiano, o lo que es lo mismo nuestros únicos amarres de fiar, se habían largado dejándonos solos a merced de todo, porque en nuestra situación no hacía falta oleaje alguno para que el Escándalo acabase sus días contra las rocas. Pasé el bichero y la responsabilidad a Anna.
- Haz lo que puedas. Te quiero.
Instantes después estaba en la recepción del hotel, con los ojos rojos de no dormir, la ropa arrugada rezumando humedad y sin zapatos, porque la urgencia del caso no me permitió entrar en detalles.
José Carlos se hizo cargo inmediatamente de la situación y volvió a la habitación de donde salió una media hora después perfectamente afeitado con un polo azul y bermudas blancos.
- Joven tengo mucha prisa. Vaya preparando la cuenta y usted mismo cárguela en esta tarjeta que tengo que ir a asegurar el barco. Ahora vuelvo a buscarla.
- Si señor- dijo el joven de recepción con la Visa platino en las manos, orgulloso de la prueba de confianza que ello significaba. Y en las manos se la quedó porque nunca nadie, ni José Carlos ni Mercedes volvieron a buscarlas. Lástima porque si lo hubieran hecho quizá el joven habría tenido oportunidad de decirles que lamentablemente la maquinita no la aceptaba y se habría ahorra la bronca que le echó el dueño del hotel para quien el plástico es para los juguetes y los barcos, nunca para el dinero.
De camino al muelle aun paramos a comprar una ensaimada y un paquete de tabaco. Una vez allí encontramos a Anna aguantando el barco por la popa mientras dos jubilados con sus bastones hacían lo propio en proa. Como era de esperar el barco ya estaba de costado.
José Carlos dio las gracias y 50 céntimos a cada viejo, subió al Escándalo y mientras yo recogía a Montserrat y su cadena, el puso en marcha el motor. Atrás quedó aquella maravilla de la naturaleza que la fuerza del mar había abierto en las rocas y a la que si vuelvo, seguro que no será por mar.
Hasta la altura de Cabrera el viento y el mar fueron más o menos los del día anterior. Se repitieron los remojones, los pantocazos. Ana me miraba desesperada, aquellas no era las vacaciones que le había prometido. Pero en cuanto dejamos atrás el canal que separa Cabrera de Mallorca todo cambió.
El viento de repente desapareció, o al menos eso parecía, las olas ya no eran paredes que había que superar, ahora abrazaban la popa y nos empujaban hacia delante. Se me hacía difícil entender aquel repentino cambio de escenario, hasta que nos cruzamos con un velero capitaneado por un “primo hermano” de José Carlos, de esos que nunca se arredran ante nada ni nadie, empeñado en ir contra corriente.
En ese momento entendí que en el mar como en la vida lo mejor es ir donde te lleve el viento.
Y aquel viento nos llevaba hacia Ibiza.
Continuará ….

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