A toda vela - 11
Topic: La lectura del verano|

- Si señor. Lo mejor de la vela son los restaurantes del puerto.
Una de las pocas frases sensatas que le escuché decir en todo el viaje.
Nos encontrábamos en la terraza del restaurante de la lonja del puerto disfrutando de una preciosa panorámica sobre la bahía, salpicada por una más que considerable cantidad de barcos, que se mecían suavemente en las encalmadas aguas componiendo un espectáculo de gran belleza, un escenario aparentemente dispuesto para nuestro disfrute. Una ligera brisa de tierra refrescaba el ambiente. Por una vez tenía que darle razón.
José Carlos estaba radiante, con aquel color de asado acabado de salir del horno cuatro cabellos blancos, que no canas, estratégicamente distribuidos en su cabellera oscura rizada y convenientemente engominada le daban un cierto look a banquero triunfador de los ochenta. Su magnifico Rolex era el colofón perfecto a unos brazos bien musculazos a base de paddle. A su lado Mercedes perfecta, como siempre, y enfrente nosotros. Anna muy digna a pesar de que el sol le había hecho una mala jugada y ahora tenía la marca de las gafas como si acabase de volver de la Molina y sus maravillosos rizos bajo el efecto de la humedad parecían haber declarado la independencia unilateralmente, cada uno por su lado. Por mi parte yo lucía una camiseta de la Caixa sobre bermudas al tono, por calzado llevaba unas zapatillas que me había traído de casa, aún no sé porqué, pero que en aquel momento agradecí, porque tal como tenia los pies ni loco me ponía yo otro calzado. Dado el lamentable estado de mis costilla y espalda debía estar sentado un poco de lado y si no fuera por lo de la nariz, seguramente nadie se habría fijado en mi.
- Desde luego hay que ver cómo se te ha puesto eso.
Mi pobre nariz acostumbrada a vivir bajo un fluorescente, tras tantas horas de sol había tomado todo el aspecto de un pimiento morrón, más destacado por mi incipiente calvicie que protegida bajo la gorra había conservado su níveo aspecto.
Pero en realidad, en aquel momento, poco me importaba la nariz y los comentarios que sobre ella hacían, por lo bajini, los vecinos de la mesa de al lado. Yo lo que quería era comer sobretodo cuando el maître no presentó aquel espectáculo gastronómico en forma de cazuela de la que emergían, de un mar de esencias, los restos de aquel animal tan feo como sabroso.
- Os importa si me sirven a mi primero. Es por el régimen – dijo Mercedes tan educada como siempre.
- No mujer, no. Como va a importarles. Camarero, haga el favor de servir primero a la señora.
Tras darnos las gracias con una sonrisa llena de malicia Mercedes se dirigió al camarero
- A mi póngame solo bicho, nada de pan ni de suco
El régimen de Mercedes, que según nos explicó no suponía ningún esfuerzo y daba unos resultados espectaculares, a la vista estaban, consistía en no mezclar alimentos. Así, la caldereta de langosta, un plato en que como todo en la vida hay una de cal y una de arena, es decir una de pan y una de langosta, en la versión de Mercedes se convirtió en una de langosta y otra de langosta, también.
- ¿Le parece bien a la señora?
Y Mercedes hizo un mohín con su naricita perfecta, tan perfecta como se la supieron dejar en la clínica Planas, y con una sonrisa esplendorosa que dejaba admirar sus incisivos inmaculados y perfectamente alineados señaló con el dedito una patita más.
Ana aún tuvo suerte porque enganchó un trozo de cabeza, una antena y un pedacito de cola. José Carlos que no seguía no se anduvo con rodeos.
- A mi mucho de todo.
Aún puedo dar gracias a la pericia del camarero que de las profundidades de la cazuela supo rescatar unas migas de la cabeza y pan, mucho pan.
- No sabéis la envidia que me dais – decía Mercedes mientras su lengua se paseaba sobre los restos del crustáceo.
De postre, Ana pidió sorbete de limón, José Carlos una greixonada y Mercedes un gató, postre típico mallorquín, con helado de almendra y nata montada. Para mí fueron un descafeinado y la cuenta:
De regreso al pantalán me pareció que las cosas no estaban exactamente cómo las habíamos dejado.
- ¿No te parece que está más bajo? – dije al ver que la proa del Escándalo que poco antes lucía orgullosa sobre el muelle tanto que para subir había que levantar la pierna por encima del ombligo, y que ahora estaba a la altura de un bordillo.
- Es la marea nocturna – dijo él
Quizá si era eso pero, curiosamente, la marea no parecía afectar de la misma forma a los demás barcos, incluido “el plástic fantàstic” cuya proa emergía del pantalán como la del mismísimo Quen Elizabeth. De repente un grito cortó mis pensamientos.
- ¡Ah! Mis zapatos – grito Mercedes.
Instantes después a una velocidad digna de ser resaltada, Mercedes estaba en el pantalán con tres maletas conteniendo todas sus pertenencias; todas las que no se habían mojado y el neceser.
El Escándalo iba camino del hundimiento y todo por culpa de aquella cuerdecita que no era cuerda, porque es ese caso era la guia de popa y que al enredarse en el eje de la hélice había provocado un pequeño desplazamiento de este, pequeño pero suficiente para hundir un barco.
José Carlos sin perder la calma ponía en marcha la bomba de achique poniendo en estado de alerta a nuestros vecinos, porque las bobmas de achique no estan pensadas para funcionar a las 2 de la madrugada.
- Ahora vuelvo, voy un momento al hotel a llevar a Mercedes que si se moja los pies se le corta la regla.
En medio de un mar interior donde flotaban rollos de papel higiénico, un cartón de Winston, los calcetines de José Carlos, y las galletas de Sigüenza Ana y yo estuvimos cerca de tres horas recogiendo agua.
A la mañana siguiente mientras Ana y yo dormíamos en la playa bajo un parasol de alquiler, los marineros del puerto sacaban al Escándalo del agua para arreglar el dichoso eje.
A ellos no les vimos en todo el día. Desgraciadamente a Mercedes del disgusto se le cortó la regla y se fueron en coche a que la viese su ginecólogo que, casualmente, estaba atracado en Puerto Portals. Todas las noticias que tuvimos de ellos fue una llamada a eso de las cuatro de la tarde para saber cómo iban las reparaciones y si habíamos llevado la ropa a la tintorería:
- Oye. Mira de pasarte por algún súper y compra lo que se haya estropeado. Después ya pasaremos cuentas.
Pasadas las diez la noche ya estaban de regreso, ella acabadita de salir de la pelu, con una bolsa de Adolfo Domínguez en cada mano y él con seis pares de calcetines nuevos.
- Y mañana, a primera hora, hacia el sur.
Continuará…

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Tags: Libros

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