Siesta in Venice

Ayer estuve en el ensayo de Death in Venice, la obra de Britten que Joan Matabosch, director artístico del Liceu, en una de esas reuniones con que muy de tanto en tanto somos agasajados los voluntarios, por aquello de darnos un poco de coba, calificó cómo el éxito de la temporada. Y lo decía muy seguro de si mismo, sin asomo de vacilación, vamos totalmente convencido. Con estos antecedentes, y con las butifarras y la escalibada de la comida, aún en la boca del estómago cogí el coche y para Barcelona que me fui.

Con cuatro gatos circulando por la autopista, todos a 80 km/hora por aquello de los puntos, el solecito entrando por el parabrisas, el calorcillo propio del vehículo, la radio que en domingo es un rollo; un conjunto de circunstancias que hacen que ir a Barcelona un domingo por la tarde se convierta en un ejercicio de alto riesgo, porque a las muchas posibilidades de caer victima de la modorra se une el deporte nacional que se resume en la siguiente frase “¡OJO! que viene el radar”. Hay que aclarar que el radar está quieto, el que se mueve es el coche que va a 120 cómo esta mandao y que en cuanto el GPS detecta el radar rápidamente reduce la velocidad (el dia que pongan los radares apuntanto en sentido contrario se van a forrar). Bueno pues tu que vas allí mecido por la suspensión de los amortiguadores como te despistes te comes el BMW, porque puestos a frenar no se pone a 80 sino que baja hasta 70. A pesar de ello y en un tiempo record en 20 minutos ya había dejado el coche en el aparcamiento .

Esta vez nos tocaron – porque en los ensayos la cosa va así te toca donde te toca – localidades en palco de platea que me dirán ¡Caray qué lujo!. Pues no. Porque el voladizo del anfiteatro te corta el magnifico escenario del Liceu exactamente por la mitad.

Tras los saludos y besamanos (es un decir) de rigor, situé convenientemente mis posaderas y empezó la función.

La puesta en escena – la mitad que veía – muy bien, el vestuario atractivo, salvo quizá el guardapolvo del protagonista pero ya se sabe es Muerte en Venecia y todo toma un aire a lo Visconti, la iluminación, los efectos, incluido el trozo de escenografia que tenia que subir y que se quedó a medio camino -cosas del directo-. Todo muy bien salvo, salvo Britten.

Tratenmen de inculta, de poco sensible o de lo que quieran, pero no, que no me va. Al menos es de agradecer que no fuera ruidoso, como en el Wozzeck de Alban Berg. Éste resultaba más bien monótono, tanto que cuando quise darme cuenta mis dignas posaderas habían sufrido un desplazamiento hasta el extremo del asiento, al tiempo que mi cabeza encontraba suave acomodo entre el respaldo de la butaca y la separación con el palco de al lado donde se encontraban Carmina, Montserrat y ahora no recuerdo quién más.

A partir de ahí me deslicé al plácido mundo del duerme vela. Igualito igualito que mi padre cuando hacía la siesta que de tanto en tanto abría el ojo y era capaz de seguir el argumento de la película de la tarde sin perder detalle. Pues eso mismo hice yo, por eso puedo decir que la escena de la góndola, escénicamente muy bien lograda, que los coros estuvieron muy bien, que la dirección supongo que también – repito que Britten no es lo mio – y que la escena en que el protagonista sueña, me recordaba demasiado a identica situación en el montaje de Die Tote Stadt (esa si que me gustó), Que la coreografía del joven Matheus con el “soñado” Aschenbach me pareció de una gran exquisitez. Vamos que todo muy bien. Salvo Britten.

Lamentablemente Death in Venice, a diferencia de Wocceck que la dieron de un tirón, con lo que no tuve posibilidad de escapatoria, tenía dos partes y en el entreacto, ya reconfortada por la pequeña cabezadita y con el ánimo repuesto, cogí a mi amiga Teresa del brazo y nos fuimos a tomar un café. Creo que este tipo de óperas habría que hacerlas así de una tacada para minimizar el riesgo de fuga del público. Pero insisto, creo que el problema no es tanto la ópera como yo, porque no sé si lo he dicho antes pero a mí Britten no me va.