El síndrome Pantoja

Esta mañana he estado enseñando el Teatro (Liceu) a un numeroso grupo de señoras, muchas de las cuales, la mayoría solo conocían el Liceu desde fuera. Rara es la vez que ante grupos de este tipo no sale alguna de las cuestiones típicas y tópicas “¿Hay que venir de largo?”. “Huy pero esto es carísimo”, “¿Aqui es donde filmaron la Mariona Rebull?” (esta última reservada a personas no ya de una “cierta edad”, sino de tres o cuatro edades). Hay más tópicos, pero esos los dejo para otra ocasión porque merecen comentario aparte.

A todas estas preguntas o comentarios en los últimos años se ha añadido una que he dado en denominar “el síndrome Pantoja”.

 

Mas de uno se rasgará las vestiduras con lo que voy a decir, pues vaya por delante que exactamente (en sentido figurado) eso es lo que yo hice cuando un buen dia, hace de eso creo que 6 años, supe que la Pantoja iba a cantar en aquello que antaño algunos daban en llamar “el coliseo de la Rambla”, vamos que iba a cantar en “Mi Liceu” y como yo la inmensa mayoría. Pues mira tu lo que son las cosas que con los años, me he visto obligada a defender aquella actuación y lo he hecho y lo sigo haciendo con pleno convencimiento.

En relación a las visitas al Teatro, el síndrome Pantoja se manifiesta de dos maneras, radicalmente opuestas: con admiración, cómo esta mañana, o con una aparente indiferencia que no esconde un punto de desprecio que se hace más patente cuando al comentario/pregunta le sigue un “¿buff” o un “¡Agh!”. Bueno, pues estos son mis argumentos para defender aquella, aun, tan cacareada actuación.

Isabel Pantoja, al menos 6 años atrás ahora no sabría decirlo, era una primera figura indiscutible en su ramo, con un tirón popular enorme. Por ella, personas que jamás habrían puesto los pies en el teatro se vistieron con sus mejores galas y se fueron al Liceo.

Eso es lo que hicieron unas señoras a las que tuve el gusto de acompañar en la visita, al principio de esta historia mía de hacer de guia vocacional.

Al final de la visita, cómo siempre les invité (eh! pagando ellas) a que, aunque solo fuera por una vez en la vida, asistieran a una ópera, les aconsejé Madama Butterfly. Al cabo de unas semanas dos de ellas volvieron al Teatro, pero esta véz no querían visitar la sala, esta vez me buscaban a mi. “Mire, le hemos hecho caso y nos hemos comprado una entradas. Pero la verdad, no tenemos ni idea y además esto debe ser otro idioma …” El resultado de aquella conversación fue que pocas semanas después me encontraba con ellas en la trastienda del bar que regenta Encarnita en una calle de la Verneda. Alli me esperaban con una merienda casera a la que yo correspondí con una hora de charla, un Cd donde habia grabado los momentos estelares de la ópera y unas fotocopias ne las que habia resumido la biografia de Puccini, el argumento y otros detalles que me parecieron importante.

El mes de septiembre de ese mismo año, cuando Encarnita colocó por fin a los nietos en el colegio, volvió a llamarme.

“Es que esto de la ópera nos ha gustado. ¿Este año qué le parece que podemos coger?”.

En esa ocasión no me conformé con una merienda, mi tarifa subió a diez meriendas, que correspondían a las diez tardes que invertí con ellas hablandoles de ópera desde Monteverdi hasta Wagner. Esta temporada han visto La Cenerentola y para la próxima temporada seguramente caerá Mozart. Y todo eso porque un día Isabel Pantoja, para escándalo de muchos también mio, cantó “marinero de luces” en el Gran Teatre del Liceo

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