Cantar de felicidad

Yo, como muchos, soy una “adicta” a La contra de La Vanguardia. Sus responsables tiene la virtud de hacer “esa pregunta” que uno mismo habría hecho; eso provoca una sensación de cercanía con el personaje, un poco como sino uno mismo estuviera allí. Algo que, muchas veces, yo no podría hacer, pienso en el cazatalentos de días atrás, ante el que probablemente, arrastrada por mi instinto maternal, habría acabado perdiendo las formas y quien sabe si llegado a las manos. O cómo hoy mismo, en que la lectura me ha llenado de tristeza.

El entrevistado de hoy es José Luis Milà Sagnier, conde de Montseny. Un hombre que Víctor Amela describe con una sola palabra “Jovial”.

Por su aspecto, edad y probablemente por su forma de encarar la vida, el Señor Milà es una persona con la que fácilmente congeniaría.

El conde de Montseny, además de padre de Lorenzo y Mercedes Milà, es un hombre con una vida larga, mañana cumple 90 años y es de suponer que fructífera.

En la entrevista habla de su padre ilustre abogado, pero sobretodo habla de él; de cómo le disgusta que ya no le renueven el carnet de conducir, de cómo hasta hace muy poco su buena forma física le ha permitido la práctica del esquí. Pero sobretodo habla de cuando, años ha, se encontró a los mandos de un Messerschimitt-109 “… el fórmula 1 del aire. Arriba me arrancaba a cantar de felicidad, ¡lalalalaa!, o El Virolai …. ¡Me sentía amo del mundo, me sentía libre!…” – Aun se le ilumina la mirada (interviene Amela) – (…) podía hacer lo que quisiera, en el cielo era el dueño de mi vida, de todo ¡Qué gran gozo!…” .

Entiendo perfectamente que una guerra nadie, o casi nadie, la busca simplemente te la encuentras. Y, con todos mis respetos por D. José Luis Milá Sagnier, a todos no les pilla en el mismo lugar.

Mientras leía su entrevista y con la voz de la palabra escrita, escuchaba el recuerdo de sus cantos de felicidad sobre el cielo de cualquier ciudad de aquella España ensangrentada “…lalalalaaa….”, yo creía escuchar los silencios de mis padres. Unos silencios que se llevaron consigo a la tumba; no fuera que la palabra acabara despertando los recuerdos.

Ellos, mis padres, cómo la mayoría, no eran de derechas ni de izquierdas, ellos simplemente estaban debajo y de los cánticos de alegría de aquel joven José Luis Milà solo les llegaba el silbido de las bombas y el murmullo de algún rezo.

A veces es mejor, dejar los recuerdos en el silencio.