Mi segunda casa

Gracias en gran medida al buen hacer de Ana, mi podóloga, esa de los tacones soy yo; y la puerta que recoge mi reflejo es la del Gran Teatre del Liceu, cómo muchas veces he dicho algo así como mi segunda casa.

Una casa son las paredes que la forman pero sobretodo las personas que la habitan y las emociones y recuerdos que nos unen a ella. En este caso las paredes no precisan muchos comentarios, 160 años de historia y cómo corresponde a todo teatro que se precie, un par de incendios a cuestas. La gente que la habita son, de una parte, las 430 personas que constituyen la plantilla del teatro que bien sea tras una mesa de despacho, desde el taller de carpinteria, tras un ordenador, con un peine, violín o el mocho de la fregona en la mano hacen posible que la otra parte, el público, pueda disfrutar de “eso” que yo me resisto a calificar cómo simple espectáculo.

Tengo la inmensa suerte de ser uno de los voluntarios d’Amics del Liceu que desde hace algo más de dos años y por iniciativa personal de la actual directora del Teatro la Señora Cullell, hemos tomado la grata responsabilidad de mostrar el Teatro a cuantas personas quieran conocerlo.

Los voluntarios constituimos un colectivo diverso, cómo diverso es el mundo de la ópera. Somos un grupo de personas, de edades, profesiones, y puntos de partida que podrían llegar a ser incluso opuestos. Probablemente entre algunos de nosotros nunca existiría relación alguna, de no ser por el denominador común que nos une, la ópera.

Todos y cada uno de nosotros tenemos en nuestro bagaje personal ese momento mágico e irrepetible que en un momento determinado nos ató para siempre a la ópera y a este Teatro. el mío, lo he contado muchas veces, fue curiosamente el silencio, el silencio que precedió a la primera Casta Diva de Caballe.

Todos nosotros, lo expresaramos en palabras o no, sentimos algo muy especial el día que tuvimos entre las manos la acreditación del Teatro. Un acreditación que es solo un trozo de plástico con nuestra foto, bastante triste por cierto, y que no sirve para nada salvo para abrir la puerta del lavabo; pero que yo tengo colgada en la lampara junto a la pantalla del ordenador y que significa que de una manera u otra formo parte de esa casa. Quiero creer que nuestro trabajo sirve de mucho, porque la ópera cómo he dicho anteriormente no es un espectáculo.

En las visitas al escenario, cuando llegamos al nivel inferior, después de una hora y media de auténtica maraton por la trastienda del Teatro, llega el momento de cerrar la visita. Es entonces cuando, personalmente, quizás porque vivo rodeada de economistas, intento poner especial interés en explicar el funcionamiento del Teatro como una empresa. Una empresa muy particular, eso sí, porque el producto que vende, en realidad no es un espectaculo complejo, difícil y por definición deficitario.

El producto que vende el Liceu es básicamente emoción y esa emoción es lo que los voluntarios, en la medida de nuestras posibilidades, intentamos transmitir a nuestros visitantes. Creo poder hablar en nombre de todos al decir que poder compartir esta experiencia es uno de esos pequeños regalos que de vez en cuando te da la vida y si a eso unes la oportunidad de haber podido conocer gente maravillosa, el resultado es perfecto.

enlace a visitas Gran Teatre del Liceu

 

 

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