El gran pecado

Hoy estoy contenta porque he hecho una buena obra, he salvado el alma de mi querida amiga Pilar.

Pilar es una mujer inteligente, culta, educada, con gran sentido del humor, magnifica profesional y mujer de sólidos principios. Por eso precisamente esta mañana me he apresurado a mandarle un e-mail, porque a pesar de las apariencias Pilar no es perfecta y no lo digo porque no tenga las medidas de Naomi Campbell, que tenerlas las tiene, como todas, escondidas bajo tres tallas. No, el problema de Pilar es mucho peor. Pilar no recicla.

Esto que hasta ahora podía considerarse, según los criterios personales de cada uno, cómo algo anecdótico, insolidario, incivico o incluso execrable, de repente va camino de convertirse en pecado y no un pecado cualquiera, un pecado capital. Y eso son palabras mayores por ella y por mí. Por ella, porque nunca me perdonaría que después de tantas misas se encontrara cerradas las puertas del cielo por no saber en qué contenedor meter los bricks de leche. Y por mi misma, que no soy de misas y precisamente por eso cuido mucho a mis amigos que si lo son, porque si algo te enseña la vida es que hay que tener amigos en todas partes.

De todas maneras, la verdad es que por más que lo pienso no puedo imaginarme a Pilar, o a cualquier otra persona, de rodillas en un confesionario, autoinculpandose por haber metido un tarro de salsa boloñesa en el contenedor del vidrio sin sacarle la tapa. También me gustará saber qué baremo regirá la aplicación de las penitencias adecuadas a cada pecado. Una avemaria por lata, dos rosarios por un televisor en la acera, porque en esta progresión el director de una petroquímica tendrá que ponerse un cilicio o financiar una catedral.

No sé pero por si acaso voy a mandarle también un e-mail a Maria José; aunque, si la que saca la basura es la chica o el portero, quién peca.